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Cuando ya se ha producido la Declaración Unilateral de Independencia de Cataluña, por los representantes del 48,7 de los catalanes, y cuando el Senado ha aprobado la aplicación del artículo 155 de la Constitución Española, Pablo Iglesias, desde su universo, sigue hablando de referéndum pactado, de diálogo y de no sé cuántas vacuidades más.

Y los propios de Pablo en Cataluña siguen defendiendo que Cataluña ya es una República Independiente, sin que el amado líder los desautorice. Y no lo hace porque no puede, porque está atrapado en su misma mismidad.

Lo que nunca ha dicho Pablo es qué clase de referéndum pactado ni cuáles serían los componentes del pacto. Ni para qué.

Porque, para poder plantear su propuesta, debería explicar el objeto del referéndum. Si ese objeto es que pueda votarse la independencia de Cataluña, es decir, la segregación de un territorio del Estado, está claro que debería ser un referéndum en el que toda la población española mayor de edad pudiera votar.

Si lo que plantea es un referéndum que solamente pueda votarse en Cataluña, como mucho, y eso estaría por ver, no podría ser un referéndum, sino una consulta y no tendría carácter vinculante.

También puede plantear, como objeto de ese hipotético referéndum pactado, una modificación previa del artículo 2 de la Constitución, el que habla de la indisolubilidad del territorio nacional. Es decir, que la esencia territorial española que se establece en la CE fuera dinamitada. Y antes de convocar el “referéndum pactado” habría que convocar el de modificación de la Constitución.

Además, no solamente habría que cambiar el art. 2 de la CE. También habría que cambiar el art. 8, que, si se modifica el 2 en el sentido del “referéndum pactado”, quedaría totalmente fuera de lugar, ya que el papel esencia de las Fuerzas Armadas como garantes de la unidad territorial que se consagra en el art. 2, quedaría sin valor.

Otra pata de la que cojea, ostensible y hasta ostentóreamente, la boutade de Pablo Iglesias es por el concepto de pacto. ¿Qué pacto, entre qué actores?

No puede haber un pacto entre el Gobierno de la Nación (en esencia, el poder ejecutivo) y el Gobierno de una Comunidad Autónoma. Puede haber acuerdos, pero no pactos. Los pactos se suscriben entre iguales, y jurídicamente, en la doctrina constitucional, ambos gobiernos no son iguales.

Cuando se estudia el derecho administrativo, se estudia la jerarquía de las leyes, y la Constitución Española lo establece perfectamente. La única Ley Orgánica propia de una Comunidad Autónoma es su Estatuto de Autonomía. No pueden las CCAA (ni las del 151 CE ni las del 143 CE) promulgar leyes orgánicas ni leyes que afecten a la legislación básica del Estado. Ni sus gobiernos ponerlas en práctica.

Lo que sucede con la producción legislativa (Leyes Orgánicas y legislación básica, que radican en el Estado) sucede con el ejercicio del poder ejecutivo. Y no son iguales, por tanto, jurídicamente, el gobierno de una C.A. y el gobierno central.

Si cuando Pablo Iglesias se refiere a referéndum pactado el que pudieran suscribir los distintos partidos políticos en el ámbito del Congreso de los Diputados, sí podríamos hablar de pacto, porque todos los partidos son iguales entre sí, con independencia del peso de sus respectivos resultados electorales. Pero ese pacto entre partidos nos devuelve a lo dicho para el artículo 2, y nos lleva a un callejón sin salida, porque no todos estarían dispuestos a modificarlo, y a modificar el artículo 8 y los demás que están concatenados, sin saber que pactar políticamente una reforma de la constitución que satisficiera los deseos de una sola parte del territorio sería profundamente insolidario e injusto. El artículo 2 habría que modificarlo para que todos los territorios pudieran hacer uso de la capacidad de segregación, de “autodeterminación”.

Probablemente, Pablo Iglesias se haya inoculado el virus de la teoría política, pero no tiene acceso a la vacuna de la realidad. Pactar un referéndum para la autodeterminación de un territorio (aunque luego el resultado saliera en contra) no es justo. Si se pacta, se pacta para todos los territorios. Pero, claro, a Pablo Iglesias eso le supera.

Y mientras el amado líder elucubra sobre su bálsamo de Fierabrás, sus seguidores con cargos en Cataluña siguen empeñados en que la República Catalana es un hecho, sin que él tenga autoridad política y moral para desautorizarlos. Vamos, que el amado líder no lo es tanto cuando no tiene un micrófono de Roures delante.

Vale.

La victoria de Pedro Sánchez en las primarias del PSOE es incuestionable. Los militantes han decidido. Pero que sea incuestionable no está exenta de análisis crítico.

Para empezar, las primarias han puesto en curso una nueva “forma de gobierno” del partido, con un claro matiz “presidencialista”. Si durante mucho tiempo se ha venido caricaturizando al PSOE eliminando la S de socialista y la O de obrero, ayer, 21 de mayo, el PSOE ha pasado a ser conocido como PS (Pedro Sánchez). Lo demás, sobra. La sobreactuación aduladora de seguidores, fieles, lacayos y vasallos, propios y advenedizos, han colocado al secretario general por encima del partido. Era de lo que se trataba.

A partir de ahora, le toca a PS gestionar la posición del partido en un amplio abanico de frentes abiertos. El primero, poco mediático, será la posición de Pedro Quevedo, diputado de Nueva Canarias en el Congreso sobre los PGE 2017. Quevedo concurrió a las elecciones generales del 26J bajo el paraguas del PSOE, en un convenio avalado y gestionado por el entonces Secretario General. Ahora, libre de ataduras, Quevedo negocia para “su” territorio dineros que el Partido Popular negará a otros territorios. ¿Avalará Pedro Sánchez la negociación de Quevedo? ¿Podrá impedir, en mor del acuerdo suscrito entre él mismo y Quevedo, que el voto de este apruebe unos PGE claramente antisociales? Personalmente, lo dudo. Aunque ahora Sánchez sea “el Partido”, no tendrá fuerza moral ante Quevedo. Y se producirá que un diputado de las listas del PSOE permitirá al PP la aprobación del PGE.

Durante los últimos días de campaña, Sánchez repetía, mitin tras mitin, que lo primero que haría como secretario general sería pedir la dimisión de Mariano Rajoy. La presentación de la moción de censura por Podemos, con la candidatura alternativa de Pablo Iglesias a la presidencia del Gobierno,  borra cualquier petición de dimisión: la mejor y más eficaz dimisión de Rajoy vendría por una moción de censura que lo desalojara de la Moncloa.

Hoy, un día después de que Sánchez haya resultado elegido secretario general de sí mismo, Pablo Echenique, Secretario de Organización de Podemos ha afirmado que están dispuestos a retirar su censura a Rajoy si el PS presenta la suya. Claro, que ya desde el “equipo” del PS se está diciendo que ahora no es el momento, que están ya con lo de su Congreso.

Las opciones que tiene Sánchez pasan por la moción de censura. Suya propia o la de Podemos. Porque pedir la dimisión de Rajoy cuando está en marcha, ya presentada una moción de censura, es de una inconsistencia supina. ¡Qué mejor modo de sacar a Rajoy de la Moncloa que sacando adelante la censura! Por pedir, que no quede.

Pedro Sánchez,  secretario general de sí mismo, está a merced de Pablo Iglesias: si no apoya la moción que ha presentado Podemos, le estará dejando todo el espacio de oposición. Cualquier moción de censura pasa por Podemos, pasa por quedar en manos de Pablo Iglesias.

La mayor victoria de las primarias no es el paripé o el mamoneo de ofrecer apoyos al nuevo secretario general. Cualquiera que conozca por dentro lo que era el PSOE, lo que ha sido en los últimos treinta y cinco años, sabe que las navajas están siempre, siempre, afiladas. Lo que ha sucedido ahora es que se han amplificado, se han visibilizado por su retransmisión por las redes sociales.

El lenguaje bélico, insultante, que vemos en las redes no son nada comparadas con la realidad. Convocar una asamblea para aprobar una lista para un congreso o para un ayuntamiento, aprobar la lista con un buen porcentaje de votos favorables (un 70%, por ejemplo), terminar la asamblea a las 11 de la noche y que a la mañana siguiente gente que no es del partido te diga: “pues anda, que anoche, a las tantas, estaban fulanito y menganito rajando bien de la lista que habiáis aprobado”.

Esto pasaba y esto pasa, retransmitido. Con una variable: el lenguaje bélico, soez, despreciativo.

En el PSOE han ido aumentando los militantes con carnet y han ido desapareciendo los socialistas. Y no se olvide, los militantes con carnet (los que buscan trabajo, aunque sea de Secretario General) no lo son, no son socialistas: son conversos. Y en tiempos de la Inquisición, los peores eran los conversos.

Vale.

La aceptación por Mariano Rajoy del encargo del Jefe del Estado para formar gobierno, conforme a lo previsto en el artículo 99 de la CE ha abierto dos líneas de información muy interesantes. La primera, de momento en sordina, es la de saber si finalmente Rajoy acudirá a la investidura o se aculará en tablas, contraviniendo el mandato constitucional de aceptar la formación de gobierno, que solamente podría no conseguir si va a la investidura y pierde la votación. Rehusar solamente les está permitido a los caballos en los concursos hípicos.

La segunda línea, en la que estamos inmersos, es la obtención de apoyos para la investidura y para formar gobierno. Que no son lo mismo.

Para formar gobierno tiene dos opciones: o gobernar con los 134 miembros del Grupo Popular en el Congreso o gobernar en coalición con Ciudadanos sumando los 32 diputados de la formación de Albert Rivera.

Para la investidura es más complejo, necesita más apoyos. Por ejemplo, necesita sumar los mismos apoyos que consiguió para elegir a Ana Pastor como Presidenta del Congreso. Esto es, necesita sumar los votos de los independentistas catalanes de Artur Mas.

O por ejemplo, necesita la abstención de entre 10 y 15 diputados (lo que se denomina una abstención técnica: “nos abstenemos para posibilitar la investidura, nada más”). Todos los disparos (en su más violenta acepción verbal) están dirigidos a Pedro Sánchez, que de momento aguanta el fusilamiento.

Un fusilamiento que no solamente nace del Partido que está en fase de ser procesado por destrucción de pruebas en un proceso penal, sino al que se han sumado todos, todos los demás partidos y, de modo sospechosamente entusiasta medios de comunicación que en su día fueron respetables, como El País.

El bombardeo a que se somete al Secretario General del PSOE me parece inhumano, y más cuando mariscales socialistas olvidan que Pedro Sánchez está legitimado por la militancia y traicionan, sí, traicionan a su propio partido.

Desvergüenzas como las de Corcuera, Bono, Felipe González, Leguina… no deberían tolerarse y deberían ser expulsados, sin honores, de la organización. No pueden haber traidores. Y no puede haber la tibieza de la que hacen gala “los barones”.

Conste, además, que no es esta opinión interesada, sino que es una toma de posición a favor de quien está siendo crucificado. La resistencia, hasta ahora, de Pedro Sánchez debería ser digna de tomar en cuenta. No sé si aguantará hasta el final o si se rendirá, cautivo, desarmado y traicionado.

Pero es que, además, se da la paradoja de que si Rajoy está en disposición de formar gobierno ahora, tras una segunda convocatoria electoral, es gracias, única y exclusivamente, al partido de Pablo Iglesias, gracias a Podemos. En la breve legislatura anterior, los votos negativos a la investidura de Pedro Sánchez emitidos por Iglesias y los suyos, dieron a Rajoy la oportunidad de, en unas segundas elecciones, mejorar sus resultados.

Podemos, unas veces izquierdas, otras peronistas, otras socialdemócratas, otras ni se sabe, hizo el trabajo sucio a la derecha. Y no pareció un accidente, pareció lo que era y lo que es: ejecutar un encargo de la derecha.

Ahora, Podemos, está en el momento de culminar su trabajo y pasar por caja (en su acepción más pesetera) absteniéndose en la votación de investidura y facilitando a Rajoy que pueda gobernar.

Dijo una vez Pablo Iglesias que le gusta, como a Hannibal Smith, que los planes salgan bien. Ahora, absteniéndose, su plan saldrá bien: su plan de que si él no puede gobernar, que gobierne la derecha, lo tiene a huevo. ¡Abstente, Pablo!.

Vale.

 

Con motivo de la visita fugaz de Mr. Obama a nuestro país, cuando escribo este post he conocido que ha recibido tres regalos. Seguramente alguno más, pero desconozco cuáles y de quién.

Uno, del jefe del estado, consistente en una edición inglesa bien cuidada de El Quijote. No está mal: algo propio, exportable, de calidad. Otro, un jamón, con su correspondiente jamonero y cuchillo, que le ha regalado Rajoy. Un poco cateto, pero que también es algo propio, exportable y de calidad (siempre que haya sido un Denominación de Origen de Extremadura, por supuesto). El tercero, un libro sobre la Brigada Lincoln, con una dedicatoria un pelín pedante, de manos de Pablo Iglesias. Ahí ya no podemos decir lo mismo, Podemos.

Tanto la jefatura del estado como la presidencia del gobierno han sabido acertar en manifestar en sus regalos que somos un país capaz de producir maravillas como El Quijote o manjares como el jamón. Pablo Iglesias ha errado.

No entiendo cómo habiendo ascendido a Julio Rodríguez a la categoría de coach personal en asuntos de Defensa, no haya sabido en encontrar un presente que hiciera saber a Mr. Obama, a la sazón emperador del universo, que nosotros, que nuestro país tiene capacidad de exportar calidad, también en materia de defensa.

La Brigada Lincoln es un ejemplo para todos de la lucha antifascista, eso no lo duda nadie, pero no aportaron a nuestro país, en su lucha contra el franquismo, más (y es importante, sí) que un ejemplo de dignidad. Pero la dignidad cuando no hay libertad solamente nos convierte en esclavos. O en los súbditos que fuimos durante el franquismo.

Puestos a seguir con aquello de que el emperador Mr. Obama tuviera claro que desde España también se exporta libertad, no hubiera estado mal que Julio Rodríguez hubiera aconsejado a Pablo Iglesias la elección de alguna buena biografía de Bernardo de Gálvez, un español al que los Estados Unidos de Norteamérica le deben una parte, importante, de algo muy valioso: la independencia y la libertad.

Pero estamos en lo de siempre, en el postureo. Pablo Iglesias no le ha hecho un regalo a Mr. Obama para que pudiera serle de interés, lo ha hecho para epatar, que le gusta mucho al muchacho. Otra cosa es el desconocimiento de la historia de EEUU y de cómo desde España se contribuyó decisivamente a que obtuvieran su independencia del imperio británico.

Recientemente, “EEUU salda su deuda con el héroe español de la Independencia 230 años después” publicó www.eldiario.es, colocando un cuadro de Bernardo de Gálvez en el Capitolio, símbolo del poder norteamericano:

http://www.eldiario.es/andalucia/Bernardo-Galvez-colgara-paredes-Capitolio_0_332817061.html .

Entre el regalo institucional de Felipe VI, el regalo pudiéramos decir folklórico de Rajoy, hubiera estado mejor un regalo de identidad propia de nuestro país, y el regalo pedante e histriónico de Iglesias, sin duda los dos primeros.

O el coach Julio no tiene influencia ninguna en Pablo o ambos demuestran que lo que pasó, pasa y pasará en nuestro país les trae al pairo si no es para hacerse una foto y conseguir que los fanáticos seguidores caigan en la misma pedantería.

Vale.

“Cada vez que había una reivindicación de los trabajadores, les apoyábamos” (Pablo Iglesias, en “Dos días y una noche”, Antena 3).

Si realmente hay un “signo de los tiempos” en le cultura (entendida como un modo completo y compacto de relacionarnos con nuestro entorno) española, es la constante y creciente pérdida de los valores semánticos del idioma. La linealidad de las frases, la simplicidad de los mensajes, tiene mucho que ver con una pérdida de conceptos y un alejamiento de la realidad.

En el lenguaje político también sucede: frente a los conceptos formados en torno a una determinada ideología, aparecen los eslóganes, que se pretende que transmitan todo un pensamiento y en la práctica terminan siendo frases huecas y sin contenido alguno. Eslóganes publicitarios que se convierten, a su vez, en hastags sobre los que adeptos y contrarios construyen filias y fobias.

pablino

Así, el lenguaje de los políticos transmite una pobreza creciente, pero, sobre todo, dejan al aire cuáles son sus auténticos valores.

En la noche del martes, en un programa de Antena3, Pablo Iglesias, convertido ahora en comunista de conveniencia tras la compra en el mercado de la quebrada Izquierda Unida, soltó una frase que, sin duda, marca cuál es su pensamiento y, sobre todo, cuál es su posición social (su clase social).

Refiriéndose a su familia (socialistas, según él), afirma: “Cada vez que había una reivindicación de los trabajadores, les apoyábamos”.

¡Qué lejos queda en nuestra cultura el uso acertado de los campos semánticos! ¡Qué lejos queda aquello del conceptismo y el culteranismo con el que nos enseñaban a Quevedo y a Góngora!

La frase de Iglesias podía haber sido: “Cada vez que había una reivindicación de los toreros, les apoyábamos”. O “Cada vez que había una reivindicación de los seminaristas, les apoyábamos”. Fuera cual fuera el colectivo, la frase sirve (en el sentido joseantoniano del término). Claro, que también cabe deducir de su tono el concepto real, el criterio real de la misma: “Cada vez que había una reivindicación de los /pobres/desharrapados/ trabajadores, les apoyábamos”.

La posición social (de clase) de Pablo Iglesias es clara: él, su familia “socialista”, en un grado social más elevado, distante, que los trabjadores. Condescendientes, “les apoyábamos”.

El discurso de la casta y la gente, los de arriba y los de abajo, queda retratado con esa frase, que es una declaración de parte: “los trabajadores, los de abajo, recibían nuestro apoyo, aunque pertenecían a una clase social inferior”.

Ahora, Pablo Iglesias, atrapado en su propio discurso, no hace sino manifestar abiertamente su posición: 2los de abajo, la gente, solamente se salvarán si nosotros, los de arriba en la clase social de la inteligencia, los guiamos por el camino que queremos para conseguir el poder.”

Mientras que en las dictaduras el paternalismo es una manera de establecer las diferencias de clase social, ahora Pablo Iglesias se muestra, desde su soberbia intelectual, superior en clase social, y desde esa superioridad ofrece, magnánimo, su apoyo y su guía luminosa para sacar a los pobres trabjadores de la indigencia.

Pablo Iglesias, ahora comunista de conveniencia, nos guía y nos recuerda, a quienes nunca lo hemos olvidado, que hay clases. Claro que las hay, nunca ha dejado de haberlas. Pero él pertenece a la clase alta, desde la que apoya (pero no se compromete ni se implica) a las clases bajas, que son mayoría de votos, los votos que busca, como Susan, desesperadamente para ver realizado su sueño mesiánico (en el sentido vaticanista del término, no en el evangélico).

Vale.

Con la polémica originada por la Delegada del Gobierno en Madrid a causa de su intento de prohibir el acceso al Estadio Calderón con esteladas, se han sucedido declaraciones a favor y en contra, como es habitual. Pero ha habido una declaración que me ha llamado la atención y que puede verse en este link: http://www.lasexta.com/programas/al-rojo-vivo/entrevistas/pablo-iglesias-en-los-estadios-debe-haber-libertad-de-expresion-prohibir-las-esteladas-es-ridiculo_20160519573db2e26584a8ecd2c47bdc.html

He rastreado la posibilidad de que algún periodista hubiera encontrado la forma de desenmascarar lo que es una falacia o una utilización inadecuada de los conceptos y no la he visto. Por supuesto que García Ferreras, el dúctil director de Al Rojo Vivo, y que a veces parece incisivo de rápido reflejo, no cayó en la cuenta cuando su líder predilecto (en lo político) utilizaba conceptos que se pegan de hostias. Y tan tranquilo.

Con ese lenguaje entre frailuno y cornero degollado que pone Pablo Iglesias cuando quiere que se le dé la razón por su capacidad de liderazgo, el líder de Izquierda Unida, digo, de Podemos, criticaba la infumable prohibición de la Delegada del Gobierno, y se refería a que en los estadios no puede haber símbolos racistas, homófobos y otros del mismo rango, dejó caer una perla que alguien que se dice con una gran formación en Ciencia Política no debería proferir.

Se refería Iglesias a que si alguien quería ir con esteladas al Estadio Calderón podía ir, lo mismo que si se muestran banderas andaluzas. Pues no, Pablo, no es lo mismo. Las banderas andaluzas que se exhiben en los estadios se corresponden con la verde y blanca, bandera oficial de la Comunidad Autónoma Andaluza. Y no se la puede comparar con la estelada, una bandera diseñada para su uso por una parte de ciudadanos catalanes.

El señor Iglesias compara una bandera oficial con una que no lo es. Y eso es un error de concepto que demuestra una vez más que cuando el teórico de la Ciencia Política desciende al terreno de la realidad normalmente no acierta.

La única comparación posible, en pie de igualdad con la bandera oficial de Andalucía es la senyera, la bandera oficial de Catalunya.

Que el sabio Ferreras no tuviera reflejos para apreciar este pequeño matiz, puede ser por deslumbramiento. Porque no es un matiz pequeño. No se pueden mezclar ni churras con merinas, ni peras con manzanas ni banderas oficiales con otras que no lo son.

Los conceptos, en política, son muy importante, porque en base a ellos se forman las ideas. Y cuando uno no tiene claro los conceptos, suele equivocarse en las ideas y cagarla cuando aterriza en la realidad.

No es lo mismo una estelada que una bandera andaluza. Las comparaciones han  de hacerse entre conceptos iguales, entre objetos iguales. Sobre todo cuando uno engola la voz y el gesto para parecer lo que no es.

Vale.

En estos días, de modo confuso (ahora sí, ahora no, ahora un territorio, ahora otro distinto…) se habla y escribe mucho sobre una alianza entre Podemos y los restos del naufragio, digo de IU. ¿A santo de qué?

En las investigaciones de delitos la ortodoxia francesa de la prefectura siempre avanzaba la duda: cherchez la femme. En este caso, no hay que buscar mucho, porque la femme ya había hecho de caballo de Troya con la federación más potente de Izquierda Unida. Curiosamente, ahora, la femme buscada podría volver a una lista con IU, lo que como dice Tito Wyo, no es más que una rotonda.

En la ortodoxia jurídica, las investigaciones de asuntos con turbios intereses, la pregunta que se busca responder es: qui prodest? ¿A quién beneficia?

Y no, no parece que la respuesta sea sumar los 900.000 votos de IU el 20D a las candidaturas de Podemos el 26J, aunque pueda parecer la explicación más simple (de simple, de sin jugo) y la que están esparciendo desde los satélites de Podemos.

La realidad subyacente es doble. Y tiene mucho que ver con la personalidad y con la ideología de Pablo Iglesias. Con las dos cuestiones.

De la ideología porque Pablo Iglesias se hace pasar por un izquierdista radical, cuando si al populismo le apagamos la luz sobre las alharacas, le quitamos los caireles, se queda en un discurso elaborado en un despacho, desconectado totalmente de la realidad. Y en los dos grandes procesos electorales que habido en 2015, el desgaste de los mensajes de Podemos ha sido brutal. Y lo ha sido precisamente porque el marketing, si por algo se caracteriza, es porque si no tiene un producto coherente y fuerte detrás, desaparece. Podemos ha demostrado ser el yeroooopa! o el ziritione de 2015.

Por eso, Pablo Iglesias necesita el discurso ideológico bien estructurado que Alberto Garzón transmite (con sus contradicciones, pero eso es normal), y no el viejo discurso de Cayo Lara (cómplice de, por ejemplo, el pacto de IU Extremadura con El Viajero). Pablo necesita tener a su lado a Garzón para vestir su marketing con algún discurso coherente. Y de izquierdas.

Por otro lado, Pablo necesita “ensalzar” el discurso coherente de Garzón, tenerlo a su lado… para intentar ocultar que entre ambos, gana políticamente la personalidad tranquila, segura, de Garzón. Y eso es lo que no soporta el Amado Líder.

Iglesias sabe perfectamente que Alberto Garzón suscita más credibilidad, mucha más credibilidad que él, y que, en política, es un valor que él no tiene, y que no tendrá nunca mientras no venza a la que es su mayor virtud: la soberbia intelectual.

En Podemos ya respondieron a la cuestión de cherchez la femme, con la traición de Tania Sánchez a IU. Ahora, con la fagotización de lo que queda de IU, pretenden vestir de ideología de izquierdas unos mensajes huecos y vacíos, llenos de agujeros y contradicciones que pierden por todos los agujeros del mundo, y pretende, y sobre todo es esto, pretende Pablo Iglesias anular y neutralizar a Alberto Garzón, un dirigente político más coherente, mucho más capacitado y, sobre todo, que no es un soberbio intelectual.

Qui prodest? No busca beneficiar a Podemos, busca, única y exclusivamente, beneficiar al Amado Líder.

Vale.

Estos días, Podemos ha llamado a sus ¿militantes, simpatizantes, inscritos…? a participar en una consulta sobre un posible gobierno. Lo de menos, quizás, el motivo de la consulta. Lo interesante es cómo los mismos dirigentes del Club de Fans de Pablo Iglesias retuercen los conceptos para esconder la realidad.

Ya en las elecciones andaluzas salieron, ufanos, agradeciendo a quienes habían decidido participar como interventores, apoderados… Hacía poco, en enero, que habían echado el resto en una macromanifestación para hacer una demostración de fuerza. Querían, en la calle, demostrar su fuerza. El marketing, su única ideología, es más importante que la realidad.

En aquellas elecciones de marzo en Andalucía debían demostrar su fuerza como organización. Sobre el éxito que suponía que ni siquiera llegaran a cubrir el 40% de las mesas electorales escribí https://cercadelasretamas.com/2015/03/23/ayer-no-pudimos/ .

Claro, no es lo mismo la simpatía, la inscripción en una página web o salir de jarana en una manifiesta que el compromiso real de la militancia política.

Ahora, en plena negociación para un posible gobierno, el Amado Líder destituye al Secretario de Organización con nocturnidad, alevosía y un comunicado donde dice que no Sergio Pascual es un fracaso.

Y, después, nombra a Pablo Echenique, que es rival interno suyo. A Echenique le corresponde organizar la consulta. Consulta por internet, sin que haya auditoría de garantías.

La primera decisión de Echenique es convocar a los inscritos… a los inscritos activos en el último año. Es decir, a los que en el último año han accedido a la web del Club.

Y aquí comienza el retorcimiento de los conceptos. Hasta hace casi nada, Podemos hacía gala de sus 393.358 inscritos. Sin embargo, qué cosas, de esa tamaña cantidad eliminan a los que no han entrado en la web el último año. Es decir, a los que pasan de seguir las doctrinas del Amado Líder.

Entonces, llaman a los que quedan, “inscritos activos”, 204.906. ¿Por qué han elegido el plazo de un año para hacer el censo? ¿Por qué no han elegido el censo de los que han entrado en la web desde el 20D, es decir, por qué no han hecho el censo de los que, si hubieran accedido desde esa fecha podrían ser considerados “inscritos comprometidos”?

La realidad es que Podemos ha tirado la toalla de la militancia activa, del compromiso activo de sus “simpatizantes” y se centra exclusivamente en el marketing, en manejar las apariciones en prensa escrita, en radios y televisiones y en el favor que le hacen algunos medios digitales, como el Pravda, donde no verás ni una mísera crítica al Amado Líder.

La propia organización, al elegir a los “inscritos activos” en el último año en la red, está reconociendo que ha perdido 188.452 simpatizantes, militantes o como quieran llamarlos. Un fracaso en toda regla que puede explicar la depuración del número 3, Sergio Pascual, y el ostracismo del número 2, Íñigo Errejón.

¿Cuántos “inscritos activos” pueden contabilizarse desde el 20D? Porque serían esos y no otros los que tendrían derecho a votar en la consulta, los que han seguido siendo internautas activos.

Las organizaciones políticas son fuertes en función de varios factores: la capacidad de movilización, la capacidad de penetración de sus mensajes en la sociedad y, sobre todo, ¿tienen sus militantes compromiso activo y real con la organización? Hay otros factores, pero estos tres nos ayudan a entender qué pasa en el Club de Fans.

¿Tienen capacidad de movilización? Sí, y lo han demostrado. ¿Tienen capacidad de penetración de sus mensajes en la sociedad? Sí, lo vienen consiguiendo. ¿Tienen sus militantes, simpatizantes, inscritos… compromiso real? Esto ya es dudoso y puede, y de hecho así sucede, anular los éxitos de las dos respuestas anteriores.

Podemos ha tenido un éxito fulgurante en una coyuntura (la del desprestigio de la política, la de la crisis económica) que, como todas las coyunturas, será más o menos pasajera: ha movilizado a mucha gente y se ha aprovechado de la movilización previa, que no puede apropiarse de ella. Ha conseguido un beneplácito mediático importante, eso es indudable. Pero no ha conseguido una militancia comprometida que le dé garantías de futuro y de fuerza organizativa cuando la coyuntura deje de ser favorable y cuando los propietarios de los medios de comunicación se den cuenta de que el producto no vende, no añade valor a la cuenta de resultados.

Entonces, solamente quedará la militancia comprometida. Y ahí han fracasado estrepitosamente los estudios del laboratorio de la Facultad: han elegido un modelo de organización que ha sustituido la militancia por la simpatía, el carnet por la inscripción en una página web.

Han elegido el postureo, la imagen y el marketing en detrimento del compromiso.

Y en la acción política, el compromiso, incluso la implicación (que es un grado mayor) son fundamentales.

Vale.

Novatos

cercadelasretamas —  febrero 27, 2016 — Deja un comentario

Los resultados del 20D nos han devuelto a unos partidos que, ante la perspectiva de pactos necesarios, nos han devenido en novatos. Unos, novatos porque a lo largo de los años no han tenido necesidades imperiosas por obtener acuerdos. Otros, porque son novatos, sin más. En esta situación tenemos, vistos los cabezas de lista, el siguiente panorama.

Don Tancredo, al frente del PP, que ha gozado de una amplísima mayoría absoluta que no ha sabido conservar, por incompetente, y que durante cuatro años se ha dedicado a arrojarla contra los adversarios, impunemente, convirtiéndose en un partido completamente carcomido por la corrupción.

Pedro Sánchez, que llegó al cargo de Secretario General en unas primarias, con el voto mayoritario de los militantes de un partido especializado en, al día siguiente de elegir Secretario General ya tiene ganas de cargárselo, pero que la propia estructura del partido va calmando. Eso sí, dejándose jirones por el camino.

Pablo Iglesias, verdaderamente un novato salido de un laboratorio creado en la Facultad de Políticas y que, ante la necesidad de mirar a través de varias ventanas por las que asomarse a acuerdos con otros partidos con las herramientas que esos partidos llevan utilizando años, ha encontrado el camino por el que imponer (de eso se trata, de imponer) sus postulados (lo de ideas es un concepto de nivel superior) en el adanismo: el nuevo, Pablo Iglesias, quiere y necesita que las normas y las relaciones (los reglamentos) se adapten a sus intereses.

Albert Rivera que ha encontrado en el desgajamiento de la militancia del Partido Popular un filón por el que encaminarse a los centros de poder, desde que hace 9 años comenzara a ser “alguien” en el Parlament de Catalunya. En el plano nacional es, como Pablo Iglesias, un novato.

Con estos cuatro elementos, la posibilidad de un acuerdo que garantice un gobierno de estabilidad es realmente complicada. Por un lado, el abuso que el PP hizo de su mayoría absoluta, con desprecio hacia los demás partidos, imposibilita cualquier acuerdo con el PSOE y le pone en una situación muy complicada con Ciudadanos, ya que un acuerdo con Rivera metería un caballo de Troya impredecible en el propio Partido Popular.

Por otro, el PSOE, con el peor resultado de su historia en términos reales (eso sí, en un contexto totalmente distinto a todo el desarrollo político desde 1978), no tiene por sí mismo capacidad de conformar un gobierno si no es con acuerdos con otras fuerzas, siendo insuficiente en la aritmética parlamentaria un gobierno de coalición con Podemos si no hay abstención de Ciudadanos. Y viceversa.

Podemos no pretende, en su adanismo, llegar a acuerdos de gobierno, de investidura o de legislatura. Podemos quiere el poder, quiere poder sentar en sillones confortables de gobierno a su dirección, compuesta por penenes universitarios. Solamente garantizándose cuotas de poder personal para sus dirigentes están dispuestos a llegar a acuerdos. En su filosofía adanista, el acuerdo no existe, sino la rendición del otro.

Ciudadanos no suma ni con Partido Popular ni con PSOE si no existen abstenciones de unos u otros. Y conseguir que tras la legislatura de mayoría absoluta desperdiciada por el PP, el PSOE se abstenga es imposible. Y que Don Tancredo dé un paso al lado (se abstenga) en favor del PSOE es tan imposible como la opción inversa.

En todo caso, los dos inconvenientes que imposibilitan un acuerdo tienen caminos distintos. La abstención de PP y/o PSOE en favor uno otro solamente sería posible si ambos partidos renuncian en beneficio de los intereses generales (esta opción se ve más factible si hay nuevas elecciones con similares resultados a los actuales).

El escollo mayor está en un pacto PSOE – Podemos. Porque los adanistas no están dispuestos a renunciar a ninguna opción de sentarse en sillones de poder, y para ello, no valoran que a los ciudadanos nos puede hartar una nueva convocatoria electoral y más un resultado similar.

Además, en el caso de Podemos, el adanismo de su dirección se ve acrecentado por algo que es realmente peligroso: el culto a personalidad que profesan los seguidores del Amado Líder, Pablo Iglesias. El culto a la personalidad cuando se transmite por personas que pasan por tener algún atisbo de intelectualidad (y hay muchos “intelectuales”) es el primer paso en el camino a la alienación de las masas. ¿Os suena?

Vale.

Durante los primeros años de la transición se produjeron algunos episodios de crispación o de descalificación del adversario político. O lo que, en lenguaje más vulgar, llamaríamos insulto. Pongamos un ejemplo muy conocido: Alfonso Guerra llamó a Adolfo Suárez “tahúr del Mississipi”. Un insulto (pretendía menospreciar al adversario) pero que dejaba un cierto halo de valor literario e incluso político. La figura del tahúr del Mississipi, con su chaleco y su reloj, recordaba a personajes de películas, con un soporte de cierta leyenda. Pero era un insulto, al fin y al cabo.

En estos tiempos en los que la sobreabundancia de información busca el titular más llamativo, el de más impacto, el insulto político tiene su hueco. Aunque no siempre quien insulta o lo pretende acierta.

En julio de 2014, el diario ABC publicaba: “Pablo Iglesias: El debate político izquierda-derecha es de trileros” (http://www.abc.es/espana/20140710/rc-pablo-iglesias-debate-politico-201407100954.html).

Más recientemente, el Secretario de Organización del PSOE, César Luena, llamaba trilero a Mariano Rajoy, presidente del gobierno en funciones (http://www.lasexta.com/noticias/nacional/cesar-luena-afirma-que-rajoy-actua-como-trilero-antisistema_2016012200431.html).

En estos dos casos, el insulto (trilero por no decir directamente tramposo) demuestra que quien habla desconoce el valor semántico en las palabras. Cada palabra tiene un valor en sí misma. Y un valor en su contexto. Trilero es el experto jugador del trile, eso de “¿dónde está la bolita?”. Ese es su valor en sí mismo. Y su extensión semántica la ha convertido en sinónimo de tramposo, que es como la utilizan Pablo Iglesias y César Luena.

Pero el valor en su contexto tiene algún elemento que ambos dirigentes políticos parecen ignorar (en realidad, ignoran, por haber elegido su componente inmediato y no su análisis).

Si en algún momento se tiene uno que sentar a negocia, o está negociando cualquier asunto con otro, no conviene en ningún modo sentirse inferior, u otorgarle un valor de superioridad manifiesta al adversario. Alfonso Guerra utilizó la figura del tahúr del Mississipi en sí misma “con su chaleco y su reloj” para vestir su insulto.

Pablo Iglesias y César Luena reconocen, cuando llaman trileros a los adversarios, su indefensión, su inferioridad. Y en cualquier negociación, en este caso política, que se pretende entre iguales, reconocerse inferiores es reconocer la derrota.

¿Por qué Iglesias y Luena se reconocen inferiores? La respuesta es bien sencilla: porque el trilero nunca pierde, sólo cuando le pilla la policía y lo aparta de la circulación un breve tiempo.

El origen de esta utilización del lenguaje contra uno mismo cuando pretende insultar al adversario (el insulto salta cuando los argumentos desaparecen) rodeando el alegato de conceptos sustitutivos. Es una consecuencia del abuso del “lenguaje políticamente correcto”.

Si lo que pretendían Iglesias y Luena era describir conductas tramposas, lo correcto hubiera sido, sencillamente, llamar tramposos a los otros. Porque una trampa la puedes sortear y desenmascarar al tramposo. Al experto trilero no le vas a ganar nunca y sales al debate con la derrota en la frente.

Sería muy recomendable, en este contexto, si se pretende llamar tramposos a los rivales, establecer sin duda alguna, el concepto de trampa, y describir en qué consiste la trampa y cómo se puede eliminar. Y también sería muy recomendable que leyeran a los clásicos en estos asuntos, como a Philip Roth y su libro “La pandilla”.

Vale.