Archivos para diciembre 2018

Domingo, 17 h. Cáceres. Plaza Marrón. Dos camareros de un restaurante cercano, de la zona de la Plaza de San Juan llevan unas bolsas de basuras y botellas para arrojar a los contenedores.

Terminan su tarea y uno de ellos enciende un cigarrillo. Yo llegaba en ese momento a pasar junto a los contenedores. Me paré. Observé el paisaje y me dispuse a tomar una fotografía con el móvil. Los dos camareros también se habían fijado en lo mismo que yo iba a atrapar con el objetivo del smartphone.

La cruz, arrumbada contra un contenedor de basura sin duda podría contar una historia. O un cuento. Una historia de alguien que ha perdido la fe, de alguien que ha muerto y sus herederos quieren tirar todo lo viejo de la casa para venderla. O un actor cansado de interpretar siempre el mismo papel de cansado penitente descalzo.

Los camareros, luego de encender el cigarrillo y un leve comentario de “alguien la ha dejado ahí”, se marcharon a su trabajo. Yo seguí mi camino con dos fotografías y con el ánimo de subirlas a twitter por si a alguien se le ocurría qué historia podría contar.

Cáceres es una ciudad de sotanas y cirios, de cruz y penitencia, de vecinos clasificados de toda la vida y los otros. ¿Qué sería el vecino que puso la cruz en la basura? ¿Sería un catovi, un penitente descreído? ¿Qué contarían, si lo hicieron, los camareros al volver al restaurante?

Pasada hora y media, caminé de nuevo, de regreso a casa, tras estar jugando y riendo con mi nieta, y volví a ver la cruz. Ya había luces casi de noche, o pronto en la noche, que diría un personaje de Tres tristes tigres. La cruz ya no estaba arrumbada contra un contenedor.

Probablemente alguien, al pasar, habría sentido el deber de colocarla enhiesta, o, simplemente, la había apartado para poder utilizar el contenedor de restos orgánicos y la había puesto sobre el contenedor de papel y cartón. ¿Para reciclar?

No sé si pudo ser retirada por alguien compadecido de la soledad del símbolo junto a los símbolos de la sobreabundancia que son muchas veces los contenedores de basuras.

Pero cuando volví a pasar la cruz estaba en pie, igual de desnuda que cuando la vi tirada, en una caída simbólica sin ningún nazareno que la sostuviera.

Y si nadie la retiró, ¿qué pensarían los trabajadores del servicio de recogida? ¿Lo mismo que los camareros, “alguien la habrá dejado ahí” con un leve encogimiento de hombros? ¿En qué camión la verterían, en el de residuos orgánicos o esperaron a la recogida de los contenedores azules? ¿La echarían entera al camión o la desmembraría para que ocupara menos? Dilemas teológicos que dejo para otros.

Pero en una ciudad vieja, tradicional, de sotanas y novenas, una cruz en la basura es todo un símbolo.

Vale.

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Tras el resultado electoral del 2 de diciembre en Andalucía, han comenzado a surgir iniciativas para frenar a la ultraderecha, para parar a Vox. Esas iniciativas comenzaron en la propia Andalucía al día siguiente de las elecciones con manifestaciones masivas “en contra” de los resultados.

Es meridianamente cierto que la ultraderecha nunca se había ido, que estaba agazapada en la derecha (en el Partido Popular) y aún recuerdo, hace años, cómo se “elogiaba” que fuera el partido creado por exministros de Franco el que servía de dique, el que conseguía que ni Fuerza Nueva ni otros grupos ultramontanos llegaran a los parlamentos.

Eso ha cambiado, y lo mismo que los llamados populismos de izquierdas (Podemos y otros grupos) han fragmentado y en gran medida desmovilizado el voto más progresista, la llegada de Vox al Parlamento andaluz ha fragmentado el voto de la derecha (pero no lo ha desmovilizado), y el reto que se plantea no es convocar manifestaciones contra la llegada de la ultraderecha (más bien, su retorno), sino cómo conseguir, de modo efectivo, que ese retorno no siga aumentando.

Está claro, muy claro, que Pablo Casado, Alberto Rivera y Santiago Abascal han mamado de la misma teta franquista, y los tres tiran de la misma mama para que lo que antes se llamaba “franquismo sociológico” llene sus expectativas de voto.

Es preciso que, cuanto antes, los partidos de izquierda se tomen en serio su papel democrático, constitucional e ideológico: los partidos son los instrumentos que tenemos los ciudadanos para transformar la sociedad. A diferencia del Partido Popular, Ciudadanos, y ahora Vox, que para ellos sus partidos son sus instrumentos de perpetuación en el inconsciente colectivo.

Con el PSOE en el gobierno, Podemos y sus confluencias atornillando las ruedas al asfalto, IU deglutida, la mayor prioridad debería ser la movilización de los ciudadanos progresistas, para que, electoralmente, eso se traduzca en gobiernos de izquierdas en las próximas elecciones municipales y autonómicas.

Estamos asistiendo a un ataque frontal de la derecha utilizando la Constitución como arma (en el sentido bélico del término), la misma a la que Alianza Popular y todos los padres fundadores del Partido Popular, negaron su voto afirmativo, particularmente por el Título VIII, el estado de las autonomías, lo mismo que abandera ahora Santiago Abascal, su deseo de acabar con ellas.

Utilizan la Constitución contra el PSOE y el gobierno de Pedro Sánchez lanzando cada día ataques de pureza de sangre constitucional en el asunto de Cataluña. Y es aquí donde hay que pensar que Quim Torra y el PdeCat son derecha pura y dura y no olvidar que Artur Mas aplicó en Cataluña unos recortes más salvajes que los del propio Rajoy. Quim Torra, y Puigdemont, son supremacistas, y se sirven de una ERC que ha perdido cualquier seña política social, cegados por un imposible deseo de independencia.

A la derecha (y ultraderecha) española le viene muy bien que la derecha (y la ultraderecha supremacista) catalana le sirva de coartada (en el sentido policial del término) para repartir carnets de constitucionalismo cuando esa misma derecha no ha creído en ella.

No es una respuesta inteligente convocar manifestaciones antifascistas que lo que consiguen es la reafirmación de quienes son señalados. O, al menos, no es ni mucho menos el mejor método para parar a la derecha (y a la ultraderecha).

El mejor método es una mayor presencia política, una auténtica movilización política, la consecución de que los ciudadanos que no quieren involución (¿alguien se acuerda de esta palabra?) se incorporen a los partidos de izquierda, y que esos partidos (PSOE, Podemos y sus confluencias, IU…) se pongan de acuerdo en que solamente desde la ciudadanía, militante o simpatizante, pero activa, se conseguirá poner ese freno.

Conseguir que la abstención sea la menor posible, porque no hay que olvidar que la abstención siempre favorece a la derecha.

Vale.