Archivos para julio 2020

Los artículos 175 y siguientes del Reglamento del Congreso de los Diputados regulan la “moción de censura”, que deberá ser propuesta, al menos, por la décima parte de los Diputados, en escrito motivado dirigido a la Mesa del Congreso y habrá de incluir un candidato a la Presidencia del Gobierno que haya aceptado la candidatura.

Los elementos formales y reglamentarios de la moción de censura están expresamente regulados en el Reglamento del Congreso, pero no lo están los elementos políticos. Y una moción de censura es, esencialmente, política. El hecho de que el partido franquista VOX haya “anunciado” su presentación en septiembre (¿a comienzos, a mediados, a finales?) es un elemento político de importancia. Hacen el anuncio para conseguir que los mal llamados medios de comunicación que le son altavoces, puedan seguir publicando libelos, manipulando informativos, para así tratar de que su anuncio llegue sin respiración asistida al Congreso. Porque de lo que se trata, con la anunciada moción de censura contra el gobierno de coalición es dar de comer a tanto mal llamado periodista que degluten con fruición toda clase de detritus y porquerías.

Una vez planteada la moción de censura como un anuncio pagado para que coman los cerdos en las porquerizas de libelos, televisiones y radios, queda la segunda parte. Y la segunda parte no es otra que arrastrar a esas cochiqueras a un Partido Popular que carece de pulso, que es inane, que carece de un líder que sepa las cuatro reglas. Cuando el líder del partido popular no es más que un milagro que se sostenga de pie.

Porque lo que pretende el partido fascista es pasar por caja, hacer pasar por caja al PP para que pague los servicios prestados. El apoyo con el que el PP “gobierna” Andalucía, Madrid, Murcia, Castilla y León, no es gratis. Como diría la profesora de Fama: “ahora, con la moción de censura, es cuando vais a empezar a pagar”.

La moción de censura, que formalmente solamente puede presentarse contra el Gobierno, en este caso no es más que una OPA hostil lanzada desde la bravuconería de los rancios tercios fascistas contra las débiles huestes de la mal llamada derecha tradicional. Los discursos de Casado, Rafael Hernando, Cayetana, Aznar, en nada disienten de los proferidos por Abascales, Espinosas y Ortegas. Son los mismos discursos lanzados unos desde una estructura de partido convencional y otros desde las colinas yermas de cultura del fascismo.

En política, las mociones de censura no se anuncian (salvo que el anuncio en sí sea la finalidad, como es este caso). Las mociones de censura se presentan, se debaten y se votan.

Tener dos meses de anuncios diarios en los libelos (El Pais, ABC, La Razón, El Mundo) o en las puertas de las cochiqueras (A3Noticias, InformativosT5, Informativos4, Canal Sur…) es estar vertiendo las cáscaras vacías de las sandías a los cerdos para que se alimenten. Y así vemos cómo los años no pasan por algunos periodistas si no fueran por el engorde de sus carrilleras.

En septiembre, si Abascal continúa con su OPA hostil para hacerse con el control del 100% del accionariado del PP, veremos cómo uno de los mayores propietarios de Génova, 13, José María Aznar, se decanta por el pupilo de Esperanza.

Y Pablo Casado descolgará sus falsos títulos y comenzará a peregrinar de porqueriza en porqueriza buscando un poco de comida.

Vale.

En el año 2017 se celebró una Exposición con el pintor Sorolla y su relación con Extremadura como tema. Una exposición, como correspondía a la obra del pintor valenciano, colorida y colorista, en la que, como elemento más distintivo de su relación, incluía su cuadro El Mercado, pintado en Plasencia en 1917.

Fue en ese año, 1917, cuando el artista visitó la región. La primera vez, en enero, cuando llegó primero a Mérida y luego a Cáceres, para terminar su viaje en Plasencia.

Bocetos. Museo Sorolla. Madrid.

El propio pintor define así algún elemento de ese viaje en una carta a Clotilde, su mujer: “Hicimos el viaje en automóvil desde Sevilla, vimos Mérida: el teatro romano es una cosa interesantísima y muy hermosa. La ciudad nada de particular. De allí fuimos a Cáceres que es muy hermoso de monumentos del siglo XV, dormimos allí y por la mañana a las 12 tomamos el tren para venir a este pueblo [Plasencia, que es] menos importante que Cáceres, pero es más amable, más íntimo..”

De esa estancia en Extremadura, y de la posterior del otoño del mismo año 1917, son, además del ya mencionado y famoso cuadro de El Mercado de Plasencia, diversos bocetos de edificios o rincones de la ciudad de Cáceres, y que, en la referida exposición de 2017 ocuparon, algunos, un panel explicativo.

Esos bocetos, que nunca fueron traspuestos a cuadros, dejan algunas pinceladas del genio de Sorolla con la ciudad de Cáceres de fondo.

Así, por ejemplo, la Torre de Bujaco, por dos veces, la Casa del Sol o la torre de los Espaderos.

De su estancia en Plasencia, hay memoria fotográfica, con imágenes captadas por Arte-Photo Diez, un fotógrafo placentino, mientas que no la hay de su estancia en Cáceres, al menos en imágenes en las que se vea al artista trabajando o contemplando algunos edificios. En la exposición de 2017, se señala la existencia de fotografías tomadas por el hijo de Sorolla, y, si bien existen fotografías de las mismas fechas, depositadas en el Museo Sorolla, en las mismas no se atribuye autoría, señalándose como fotografías de autor anónimo.

El mismo museo Sorolla se refiere a alguna fotografía tomada en Cáceres, que pudo ser identificada como la ciudad en que sucede el cuadro de la imagen, por tener el mismo encuadre que una de Ruth Matilda Anderson. Es evidente que, a la vista de las fotografías con ese mismo encuadre, cualquier cacereño de mediana edad en adelante las puede identificar al momento. Son las que captan a aguadoras en la fuente del Concejo y que, además, se encuentran recogidas en bocetos de Sorolla, no sé si a la vista de las fotografías o directamente del natural. En todo caso, el encuadre de los bocetos y las fotografías son similares.

Además de esas imágenes captadas por la cámara del anónimo fotógrafo de las aguadoras en fuente de Concejo, el museo Sorolla guarda imágenes de las mismas fechas de otros puntos de la ciudad.

Vale.

Cáceres, la capital de la provincia, es una ciudad peculiar, sobrada de provincianismo, pero llena (dentro de lo que cabe) de funcionarios, camareros y pensionistas (también muchos pensionistas que fueron funcionarios). Morfológicamente, podría decirse que es un pueblo con rotondas.

El gobierno de la ciudad ha estado, desde 1995 (salvo la legislatura 2007-2011), gobernada por un Partido Popular lleno de (dentro de lo que cabe) de funcionarios, cofrades y abogados.

Desde 2019, junio de 2019, el gobierno de la ciudad lo ejerce, como minoría mayoritaria, el PSOE. Y en un año, el actual gobierno municipal debería haber resuelto, de una vez por todas, todos los problemas que tantos años de gobiernos de derechas no solamente no resolvieron, sino que ni siquiera enfrentaron. Y ello con los últimos 5 meses inmersos en una pandemia, la del coronavirus, a la que los científicos no parecen poner fin.

Pues bien, uno de los causahabientes del Partido Popular, el actual portavoz y perdedor claro de las últimas elecciones municipales, un tal Mateos, va a plantear en el pleno que se resuelvan todos los males que aquejan al comercio local.

Paseo de Cánovas. Cáceres.

Que estamos en medio de una pandemia… a ellos, a los del PP, les da igual. Los asuntos que ellos no fueron capaces ni ver de lejos, han de ser resueltos en quince días.

Que la ciudad padece un retraso (ya endémico) de varias décadas sin saber qué hacer con el comercio local… a ellos, a los del PP, ni mirarlos. Nunca han tenido nada que ver con ese deterioro.

Además, el planteamiento que el portavoz del partido perdedor de las elecciones, es una moción al pleno llena de lugares comunes, tópicos, como rescatando textos de la hemeroteca histórica que tanto me gustan a mí. Saben que la moción se la leerán los concejales, la debatirán, seguramente, después de un tira y afloja sin chicha, hasta se apruebe por consenso.

Pero saben, también, que si eso sucede, nada cambiará.

Para que una ciudad provinciana, cerrada por falta de uso, como su comercio, despierte, el primer paso sería arrojar con aspavientos la burocracia política (que también la hay) y no hacer caso a mociones que están hechas con la desgana del que va a comprar plátanos y el frutero le dice que no tiene, que tiene bananas. Y con tal de no ir a otra frutería, aunque esté a 10 metros de distancia, se lleva las bananas.

La ciudad necesita un punto de arranque doble: por un lado, una ciudadanía, una parte de ella que sea medible, cuantificable, que quiera apostar por el futuro, y, por otra, un liderazgo social y político que debiera ser ejercido por el actual equipo de gobierno, joven y determinado.

Y la primera medida, no aprobar la moción “de compromiso”, de decir “hemos cumplido y hasta otra” que plantea el partido perdedor de las últimas elecciones, y concitar en torno a un ayuntamiento socialmente fuerte y comprometido a todos aquellos ciudadanos que estén dispuestos a ser comprometidos con la ciudad.

Vale.

Casi a finales del siglo XIX se produjo en Plasencia un suceso que tuvo repercusiones en la prensa de entonces, incluida “la prensa de Madrid”. El escritor Víctor Chamorro tiene un libro publicado sobre el asunto, con el título “El muerto resucitado”. Se trataba de un dilema entre una posible apropiación de personalidad o un error en la identificación de un paciente muerto en el manicomio de San Baudilio de Llobregat.

Plasencia, en aquellas fechas, se convirtió en punto de referencia informativa gracias al muerto (o al resucitado). El asunto tuvo un largo recorrido judicial, lo que mantuvo el interés por conocer la verdad, si es que se llegó a conocer en algún momento.

El 10 de agosto de 1887, el diario republicano-progresista EL PAÍS publicaba la siguiente crónica.

El muerto resucitado.

Con el título Para rectificar, publica El Noticiero¸ de Plasencia, un artículo encaminado a demostrar la existencia verdadera del Sr. Campo Barrado.

Según el articulista, hay quien, deseando conocer ó investigar las probabilidades de si es ó no don Eustaquio Campo Barrado el hombre que vive en aquella ciudad, y que la generalidad reputa como tal, ha creído medio seguro para despejar la incógnita averiguar si el hombre en cuestión era instruido y revelaba conocimientos científicos y buena educación, iguales á los que tenía antes de su locura el rico heredero, á quien se dió por muerto en el manicomio de San Baudilio de Llobregat.

Imagen de Esteban Campo Barrado.

Pues bien: de las averiguaciones hechas en este sentido, resulta que el D. Eustaquio es instruido, que haba sin vaguedad ni vacilaciones de infinidad de materias, como no lo haría el que careciese de una esmerada educación. Quién ha discurrido con él sobre historia de España, quién sobre geografía, quién sobre derecho canónico, y en todos estos ramos reveló poseer grandes conocimientos.

«Pero aún hay más, añade el autor á que nos referimos; de ciencia propia nos consta, porque en la conversación tomamos parte, aunque pequeña, que no solo conoce la historia patria, sino la eclesiástica y aun la extranjera. Se habló de Francia, pero de la Francia de Rechelieu y de Mazzarino y de la política de los dos, de cuál de ellos parecía más hombre de Estado y tuvo mejor administración; y como era natural, tratándose de hombres de Estado y Cardenales, giró la conversación sobre nuestro inmortal Cisneros y el habilísimo Alberoni, pronunciándose en el cotejo, aunque no sin discusión, por aquello de: Españoles sobre todo. Conoce bien el período histórico de la estada del Pontificado en Aviñón y algo sobre la política de aquellos tiempos, en todo lo cual revela una instrucción que no se hermana bien con la pobre y descuidada educación que reciben generalmente nuestros artesanos.»

De todo esto, que es público en Plasencia, deduce el redactor de El Noticiero, que el individuo de que se trata no es Eugenio Santa Olalla Palomar, sino D. Eustaquio Campo Barrado. El artículo termina con esta interesante revelación:

«Ni una frase malsonante de le oye jamás acerca de los que le desconocen, ni un pensamiento mezquino sobre la situación que se le ha causado, ni una queja por su vida accidentada y azarosa; antes bien, le hemos oído deplorar que el dinero juegue papel tan principal en la vida humana, siendo el nivel de multitud de acciones punibles. Es más, nos decía una tarde con ingenuidad: no he venido á molestar á nadie, ni á pedir nada á nadie; creí que los años y los trabajos me habían desfigurado y podría pasar desconocido en mi propio pueblo; me han provocado sin necesidad, yo hubiera guardado un absoluto silencio. Todo esto revela grandeza de ánimo, desinterés y generosidad, bellos sentimientos que indican al caballero de buena educación.

Complétase esto por las buenas formas sociales en todo hombre fino y correcto en sus modales. Que todo ellos se encuentra en nuestro hombre puede verlo cualquiera que á él se acerque, pues no se niega á nadie ni tiene por qué esconderse, y se convencerá de que nada exageramos en lo que venimos diciendo, sino que es la verdad lisa y llana, que no es fácil oscurecer, aunque se haya intentado por varios caballeros particulares, que desearíamos abundaran en la misma delicadeza de sentimientos y buenos deseos que distinguen al caballero de que venimos ocupándonos.»

El interés que este proceso despierta es cada día mayor, y no se comprende ciertamente la tardanza que en resolverlos observan los tribunales.

El asunto del muerto resucitado de Plasencia tuvo su andadura judicial y ha sido motivo de trabajos diversos, como el ya citado de Víctor Chamorro, si bien la crónica de El Noticiero que reproducía El País, tuvo un pequeño añadido en la carta que, firmada por el propio Eustaquio Campo Barrado, publicaron tanto el periódico local como el madrileño, en la que se citaba la repercusión de su proceso y su interés en no ser molestado en las idas y venidas al juzgado. Esta carta la reprodujo El País el 30 de agosto de 1887.

Edición de “El muerto resucitado”, de Víctor Chamorro.

El muerto resucitado.

El que así llaman en Plasencia, el que para unos es el propio Sr. D. Eustaqui Campo Barrado, que figura como fallecido en el manicomio de San Baudilio de Llobregat, y para otros un impostor, publica en El Noticiero de aquella ciudad y en gruesos caracteres lo siguiente.

Protesta

«En vista de la actitud de algunas mujeres y chiquillos, al presentarme en el juzgado para declarar, protesto que rechazo todas reuniones en derredor mío que pueda significar apoyo é interés en un obsequio, porque entiendo que no es buena la intención de quien me sigue sin ser llamado, y creo que lo que pretende es perjudicarme ante la autoridad y opinión pública; por cuya razón no considero amigo, sino más bien contrario, á cualquiera que se acerque á las inmediaciones del palacio de justicia cuando acudo á declarar.

Ruego á todos tengan muy presente que me perjudicar acudiendo donde voy, ó siguiéndome, y declaro que no llamo ni busco á nadie que acompañe cuando he de comparecer ante los tribunales.- E. Campo Barrado.»

El asunto del muerto resucitado de Plasencia, el devenir del juicio, las partes interesadas en la herencia en juego y todos los demás entresijos pueden ser ampliamente conocidos en la red.

Aquí he pretendido traer una muestra del interés sobre el asunto en la “prensa de Madrid”. Y, por cierto, esta fue lo único noticiable ocurrido en Cáceres y provincia para El País en todo el mes de agosto de 1887.

Vale.

En estos tiempos más recientes en nuestro país, asistimos a una degradación, a mi juicio, de lo que es el periodismo. Sí, aquello de se dice que decía Orwell de que “periodismo es contar lo que no quieren que se sepa, lo demás son relaciones públicas” (más o menos). Y también Orwell decía: “la libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír”.

Para mí, hace ya años que comenzó la deriva necia en la que estamos, y la libertad de expresión (de un periodista, de un medio) termina donde comienza la cuenta de resultados.

El 25 de junio de 1887, en el número 4, El País, Diario republicano progresista, incluía un artículo de Enrique Segovia Rocaberti, que en gran medida sigue teniendo vigencia.

¡Ser progresista!

¡Ser progresista! Apenas hay bachiller en Artes que no sueñe con su correspondiente plaza de redactor de fondo en el periódico de su predilección.

Enrique Segovia Rocaberti.

Los estudiantes de facultad mayor suelen tener más aspiraciones: no se contentan con menos que ser directores, al principio de un semanario, con ó sin monos (grabados), para convertirle, andando el tiempo, en diario de gran importancia.

Porque, ya se sabe, el periodismo es el escabel para subir á las más altas posiciones del Estado.

Esta errónea creencia, de la que menester curarse, está muy arraigada.

Es verdad que Sagasta ha ganado la cima de la presidencia del Consejo encaramándose por las columnas de La Iberia, y que el mismo Nido y Segalerva llegó hasta gobernador civil (superior) de Guadalajara é islas adyacentes en los zancos de El Siglo. ¿Pero cuántos Nidos, con mayúscula, hay por esos mundos de Dios?

Sin embargo, la carrera es tan fácil…

Como que todo se encuentra hecho.

Como las letras de fundición están en los cajetines de la imprenta, las frases hechas están ordenadas sobre la mesa de redacción.

Un periodista es un cajista de frases.

Todos los generales son bizarros; todos los banqueros, opulentos; todos los autores, aplaudidos; los diestros son arrojados; el público, numeroso y escogido; el lunch, espléndido; el jefe, ilustre, y si es viejo, respetable; los prelados, sabios y virtuosos; en fin, los timadores, conocidos.

¿Hay nada más fácil?

Pero es el caso que el periodismo no es esto. De aquí, las decepciones de mucho que se ahogan el primer día de noviciado.

Se aparece al director de un periódico un joven recién salido de las aulas, destetado con los Prolegómenos de Pisa Pajares, y dice:

– El Sr. Director…

El director (sin alzar la vista del recibo de Fabra que le acaban de presentar):

– Servidor de Ud. ¿Qué se le ofrece?

– Soy el recomendado de D. Bruno, su amigo.

– Ah, sí ¿Quería Ud. un bombo?

– No, señor; todavía

– Pues Ud. dirá.

– Quisiera compartir con ustedes las tareas del periodismo.

– Hombre, eso es más difícil, porque no hay hueco.

– Es que yo no aspiro á sueldo, por ahora.

– Eso es otra cosa.

– A lo sumo, si buenamente sobran, un par de billetitos para cualquier teatro.

– De eso no hay que hablar. ¡Pérez!

Entra Pérez en la dirección: es el verdadero director, el alma del periódico.

– ¿Hay algo? – dice desde la puerta sin reparar en el neófito.

– Tengo el gusto de presentar a Ud al señor… ¿Cómo es su gracia de Ud.?

– Fulanito de Tal.

– Bueno, este joven forma parte de la redacción desde este momento. Encárguese Ud. de él.

Pérez, mirando con desconfianza a Fulanito.

– Es Ud. del oficio?

– Sí, señor. He colaborado en El Grillo, en La Cigarra, y últimamente he dirigido El Saltamontes. Aquí traigo la colección. ¿Quiere Ud. verla?

– No es necesario; venga Ud. acá.

Cabecera El País. 25 de junio de 1887

Fulanito, muy cortado, entra en la redacción saludando embarazosamente á sus compañeros. Pérez le indica una silla, le pone delante una cartera, y le arroja un montón de cuartillas, diciéndole:

– Ahí tiene Ud. la prensa.

– Si quiere Ud. algo sobre las Pandectas…

– Eso no encaja en el periódico.

Fulanito toma asiente.

Delante tiene una veintena de diarios, llenos de ventanas; ya la tijera les ha sacado la sustancia á los de Madrid; parte están los de provincias, en número mucho mayor, y dos ó tres del extranjero.

Fulanito se siente anonadado. ¿Por dónde comenzar? Empieza á experimentar que el oficio no es tan fácil como á primera vista parece.

Alinea las cuartillas, y lée periódicos y más periódicos… y nada. ¡Qué admiración siente hacia Pérez! Este escribe con vertiginosa  rapidez, pega recortes, ordena y clasifica telegramas, divide el trabajo… ¡Qué hombre!

Llega el mozo de la imprenta pidiendo original; cada cual entrega lo que ha hecho. Fulanito no tiene nada. ¡Qué vergüenza!

Viéndose en ridículo, no se atreve á mirar á nadie y suda como en el tormento.

El periódico está hecho y él no ha contribuido con una sola línea.

Al día siguiente no aparece por la redacción. ¿A qué? Sus compañeros se reirían de él.

Pero no dando su brazo á torcer, él se cree superior á ellos, y se consuela de este modo:

– ¡Ignorantes! ¡No conocen las Pandectas!! 

E. SEGOVIA ROCABERTI

Vale.

El 12 de diciembre de 1903, LA ASAMBLEA, “periódico republicano y de intereses materiales”, que se publicaba en Cáceres, incluyó un artículo (sin firma y por tanto atribuible a quien fuera su director, cuya identidad desconozco cuando preparo esta entrada) que se refiere a José Hevia Campomanes, que en esas fechas era obispo de Badajoz. El autor, al hilo de una crónica que había publicado EL PAÍS el 6 de diciembre anterior, comentando las andanzas del obispo en la diócesis de Badajoz, cuenta algún hecho protagonizado por el obispo cuando era párroco en un Arrabal de Manila, y de la influencia de los dominicos en el Archipiélago.

Cabecera de LA ASAMBLEA. 12 de diciembre de 1903. Cáceres.

Hazañas de un fraile

Desde que tuvo lugar aquel triste suceso que estima el Jefe visible del partido liberal-democrático como un timbre de gloria en su historia política, por virtud del cual renunciaba España su soberanía en el Archipiélago filipino, habíase borrado de mi imaginación, merced al transcurso del tiempo, la triste memoria que dejaran los frailes en aquellas apartadas tierras.

Pero he aquí que, semejante á los personajes de la leyenda china que mueren, por ejemplo, en Manila y resucitan en Pekín, aparece en Badajoz ejerciendo de Obispo uno de aquellos que continúa su tradicional historia.

En efecto; cuando ni siquiera remotamente recordaba de Fr. José Hevia Campomanes, pues le suponía viajando por las regiones del conocido industrial Pepe Botero, leo en El País del 6 de los corrientes, un artículo bajo el epígrafe “Imprudencias de un obispo” y del cual es protagonista el mencionado fraile dominico. A medida que iba leyendo los hecho, motivo del artículo, insensiblemente evocaba en mi memoria el recuerdo de los sucesos desarrollados en el arrabal de Binando de Manila (Filipinas) el año 1887, siendo á la sazón Regente de aquella Parroquia Fr. José Hevia.

Cabecera de El País. 6 de diciembre de 1903. Madrid.

Por entonces se celebraba con esplendor la fiesta de la Virgen del Rosario, Patrona del Arrabal, y como era costumbre en aquella tierra, los gastos de la función corrían á cargo del Gobernadorcillo (Alcalde); mas, dábase el caso de que en dicho punto existían dos: uno de los naturales del país, y otro de los chinos naturalizados. Con este motivo se había suscitado un incidente sobre á quien le correspondía la preferencia, y á pesar de que lo lógico y lo más racional debía pertenecer á la representación de los hijos del país, no obstante se resolvía á favor del segundo de los Gobernadorcillos, pues así convenía á los intereses del Fraile que era el amo y señor de aquel Archipiélago y protector de los chinos á título de extranjeros; y así siguió practicándose hasta que en 1887 el Gobernador general de aquellas tierra, de grata memoria para los filipinos, quién, á fuer de liberal y hombre de espíritu imparcial y recto, resumidos en una exposición suscrita por el representante de la Autoridad local, D. Timoteo Lanuza, hubo de anula lo resuelto por sus antecesores, incluso lo que él acordara en días anteriores, es decir, antes de conocer la mencionada exposición, y disponer que la preferencia en los festejos recayese en los naturales del país bajo la representación de D. Timoteo Lanuza, el cual ostentaba el cargo de Autoridad local. Excusado es decir que la resolución superior produjo un inmenso júbilo y regocijo que, aunque agenas á la contienda, se hacían cargo de las injusticias cometidas por la Frailocracia con los habitantes de aquellas apartadas regiones, y asimismo los comentarios por todos los conceptos halagüeños al acierto y sentido justiciero que demostrara la primera Autoridad del Archipiélago. Mas cuando se disponín á cumplimentar la disposición superior, tropezaron con la oposición del Párroco, quien además ordenó se quitasen todos los preparativos hechos (toldajes, arcos y alumbrados) que había en las calles; y, como era de esperar, la rebelde  y despótica conducta del Párroco provocó las consiguientes protestas, las cuales, sin la oportuna intervención de la autoridad local y de otras personalidades influyentes calmando los ánimos que por momentos se pronunciaban con bastante excitación , bajo promesa de hacerse intérpretes de los justos deseos del vecindario ante la superior Autoridad en quien confiaban que sabría adoptar en justicia las consiguientes medidas, seguramente hubieran

Fr. José Hevia Campomanes. Obispo de Badajoz (1903-1904)

podido llegar á una alteración del orden público. Con efecto, así lo hicieron, y en su vista é informado conveniente de cuanto había ocurrido reiteró el Gobernador general el cumplimiento de su acuerdo, ordenando al Párroco que en el término de veinticuatro horas (pues era la antevíspera del Santo) estuvieran todos los preparativos y á la vez conminándole que en caso contrario, se le haría responsable de todo cuanto sucediera.

Vencido el fraile en su injustificado empeño, no pudo menos que rendirse ante la actitud enérgica de D. Emilio Terreros, limitándose á vengar su derrota no oficiar la misa ni asistir á la procesión.

Lo que ocurrió más tarde, lo ignoro, pues sólo sé que el poco tiempo era relevado Fr. José Hevia en la Parroquia y según se decía de público vino á España enviado por el Capitán general bajo partida de Registro, como se titulaba allá en Filipinas tal clase de medidas. Tres ó cuatro años más tarde regresó al Archipiélago de Obispo de Nueva Segovia por obra y gracia de los liberales sagastinos.

Relacionado con este suceso, tuvieron lugar otros que motivaron las disposiciones de la Dirección civil encaminadas por medida higiénica, á evitar que los cadáveres permanecieran en las Iglesias más del tiempo necesario para verificar las ceremonias religiosas, á las que también se opusieron los Frailes de acuerdo con el entonces Arzobispo de Manila Fr. Pedro Payo, pues con la expresada disposición no podían realizar pingües negocios teniendo los cadáveres en las Iglesias, como solían hacer, veinticuatro horas ó treinta según las cantidades que por tal motivo se les ofrecían por los interesados.

Ahora bien: lo transcrito, sin contar otros muchísimos hecho, demuestra lo suficiente lo que es y lo que puede ser un Fraile, y mucho más si éste pertenece á la orden de Santo Domingo de Guzmán, cual Fr. Hevia, que ejercieron en Filipinas el verdadero feudalismo de la Edad Media y las funciones de la execrable Inquisición, y que fueron la verdadera causa de la pérdida de aquel hermoso florón de España en el extremo oriente.

Por eso, yo, que por desgracia, conozco á esa clase de gente, no me causa extrañeza de ningún género que el Fr. José Hevia haga en Badajoz lo que el periódico El País denuncia, lo que me extraña es que habiéndose evidenciado de una manera clara y terminante la culpabilidad de la Frailocracia en todo lo que había ocurrido en Filipinas, y su traidora y antipatriótica conducta durante la guerra entre Norteamérica y España, los hayan admitido en la Península, y por ende nombrado á algunos de ellos Obispo. Por supuesto, esta mi extrañeza, he de confesar, que no tiene razón de ser, pues se me olvida que aún seguimos gobernados por los mismos que perdieron las Colonias y los servidores de las órdenes religiosas.

¡Lástima grande que los filipinos, excediéndose en la nobleza y generosidad de sus humanos sentimientos, hayan dado libertad á los diablos de las cogullas que como Fr. José Hevia, estuvieron prisioneros, para continuar su obra destructora de la humanidad! ¡Menos mal que pronto llegará el día suspirado de justicia en que podremos reivindicarnos de tantos males que ha engendrado la maldita alianza del Trono con el altar!

Vale.