Archivos para agosto 2022

Los talentos de Pedro Enrique y don Tribilín.

En aquel tiempo, el ser superior que aún no lo era, don Tribilín Cascotes, repartió sus riquezas entre sus siervos, confiándoles que los que le devolvieran multiplicados los talentos que les entregaba a cada uno, serían bendecidos por él.

En el reparto que Don Tribilín hizo entre sus siervos, a nuestro amigo Pedro Enrique le correspondieron 12.000 talentos, que eran muchos, y que obligaban a nuestro amigo a buscar cómo multiplicarlos.

Y así lo hizo, y en poco menos de seis meses ya casi había multiplicado por dos los talentos recibidos, a fuerza de hacer amigos entre las gentes que iba encontrando, lo que sin duda merecería la aprobación de Don Tribilín.

El despierto siervo que nos ocupa, consiguió, en solo dos años más, que los 12.000 talentos recibidos se convirtieran en cantidades muy elevadas, valiéndole su afán y empeño el ganarse la consideración del amo y señor.

La habilidad que nuestro amigo fue desarrollando, ganándose las simpatías de los comerciantes locales y los buenos resultados que esas simpatías le producían, fue algo que nunca olvidó.

Cuanto más alejado era el pueblo a que se acercaba procurando la multiplicación de los talentos recibidos, mayor era su esfuerzo por obtener mejores resultados.

No olvidemos que su gran valedor, Don Tribilín Cascotes era un prohombre que propugnaba el bien para todos los hombres, y cuya trayectoria de benefactor le llevaba a que cada pueblo, por pequeño que fuera, tuviera un hospital para enfermos y otro para sanos, un cementerio para muertos y otro para vivos, y que todos los pueblos tuvieran piscinas, una de agua fría y otra de agua caliente, construidas al mismo tiempo, en obras de dos pisos, para ahorrar espacio.

Para conseguir las grandes y nobles obras benefactoras de don Tribilín, los emisarios enviados por todo el país y todo el mundo, debían convertir en ganancias los talentos depositados en ellos. Don Tribilín quería que cada pueblo tuviera su asilo para los ancianos y su asilo para jóvenes, donde el que no tuviera masa de trabajar sería acogido, recibiendo tres comidas al día, cama y 15 talentos al mes para vicios.

Cuando don Tribilín tuvo conocimiento de los éxitos económicos de Pedro Enrique, determinó que en el pueblo de Piernocas, su localidad preferida, se construyeran dos hospitales de maternidad, uno para mujeres y otro para hombres. Al segundo, al de maternidad para hombres quedó mandatado que recibiera el nombre de Isabel, en recuerdo de su padre.

En la parábola de los talentos Dios confía sus dones o talentos a los hombres con la obligación de que los desarrollen y espera una respuesta fructífera por parte de cada hombre, y que la inactividad -por miedo, exceso de preocupación o cobardía, pereza o simple omisión consciente- en hacer rendir los talentos recibidos es criticada por el propio Jesús.

Cambiando Dios por Don Tribilín Cascote, la inactividad en hacer rendir los talentos recibidos, sería muy criticada, porque ello derivaría en que no pudieran conseguirse las obras benefactoras que la magnanimidad de Tribilín tenía pensadas. Y el discípulo Pedro Enrique se afanaba muy bien en seguir y conseguir los designios de su ser superior.

Vale.

… continuará…

Los caminos de Pedro Enrique.

Una de las características que definen a los nuevos grandes ejecutivos de las más grandes empresas, es un afán de innovación en todos los campos. Una característica que se hace llegar quienes en las pequeñas empresas hacen esfuerzos por agrandar su influencia entre los demás directivos, los trabajadores y, sobre todo, entre el entorno social donde se encuentran ubicados sus negocios. Estos aspirantes a dirigir grandes proyectos o grandes corporaciones son los que hace unos años dibujaron la figura del ejecutivo agresivo, normalmente contratado para una finalidad, que hemos visto a menudo en las películas: “reestructurar” las empresas. O lo que es lo mismo, despedir a gente a mansalva.

Rara vez, un ejecutivo agresivo que haya navegado en las procelosas aguas de las reestructuraciones empresariales llega a la cumbre de la cadena trófica. Quizás alguno haya tenido la suerte de ser el agresivo despedidor y convertirse en un CEO. Quizás Marcos de Quinto con su salvaje acción, prácticamente de terrorismo laboral, en la coca cola.

Nuestro Pedro Enrique no está en esa clasificación de ejecutivo agresivo llamado a sanear las cuentas de una empresa despidiendo trabajadores, pero puede, quizás, que haya, en anteriores reencarnaciones, tenido que usar todas las artes de agresividad ejecutiva para sacar adelante un proyecto. Esas artes ejecutivas que se ejercen sobre objetivos proclives a la ensoñación, como son los pequeños empresarios que se dejan seducir por la volcánica verborrea de quien está de vuelta de todo, pero que viene a poner en marcha un nuevo proyecto sobre la base de un capital social de 3.000 €, lo menos que se despacha para ser sociedad limitada.

Esa ensoñación la consigue el ejecutivo que, como nuestro Pedro Enrique, señala que su proyecto es igual que el de los empresarios que se mecen en sus palabras, de manera que les hace creer que solamente saldrán adelante si aprenden de él cómo se hace. Aunque, de entrada, no enseñe los diagramas hechos en powerpoint con barras y figuras animadas, con música de acompañamiento y que, cuando los muestre, lo hará pasando las diapositivas con un mando a distancia y un puntero láser de color verde, para guiar las miradas de sus embelesados alumnos. Esos que nunca llegarán a ser como él, porque cuando tenga conseguido su éxito, los dejará tirados y los apartará como ha hecho ya en otras ocasiones.

Es curioso cómo se estructuran los intereses de los grandes ejecutivos, como nuestro Pedro Enrique. Así, mientras forman parte de los consejos de administración de empresas locales, pasando a participar como unos directivos más de los pequeños cenáculos capitalinos, en aparente pie de igualdad con sus diversos tipos de asociados en círculos, asociaciones, grupos de trabajo…, van tejiendo una tela de araña en proyectos de más enjundia, de forma y manera que sus teóricos colegas de provincia no lleguen ni a enterarse ni, mucho menos, a interesarse o a querer asomarse al interior.

Así, mientras firman acuerdos de apoyo y ayuda con esos pequeños empresarios, a cambio, a veces, de ofrecerles ayuda en la formación de trabajadores para perfeccionar sus oficios, o para que los hijos de los directivos de esas pequeñas empresas puedan esperar que cuando el ejecutivo agresivo haga andar su gran sueño, los incluya en los organigramas de las empresas, aunque sea para llevar el correo.

Incluso, no faltará , que aún no lo hemos visto, que el embrionario proyecto de Pedro Enrique, llegue a firmar una joint venture con una empresa local, que le sirva de caballo de Troya y que colme el orgullo del empresario ya vuelto, definitivamente, cacique.

Así, podremos ver que aparezca otro CEO como Pedro Enrique, formando parte de empresas más grandes como Directores Generales de Proyectos Integrados u otros más rimbombantes cargos.

Vale

… continuará…

Los libros de Pedro Enrique

La presencia de Pedro Enrique en una pequeña ciudad marca la vida social y económica, porque conseguir su amistad y poder pasear junto a él, o ser visto en algún restaurante de moda, marca un pico de importancia. Y más cuando en esa pequeña ciudad todo gira en torno al robo de una colección de botellas de vinos carísimos de un restaurante cuyo nombre no hace falta traer a este Atrio de internet.

Los éxitos empresariales de Pedro Enrique le preceden, por la cantidad de reseñas que han merecido en los periódicos y revistas que se publican en papel salmón. Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que si las contamos todas juntas las hojas en las que se le hace cumplida referencia, al menos son 11.000 mil o más.

En estas fechas se está dando forma a una importante obra sobre los CEOs de mayor relevancia, de mayores triunfos empresariales, en la que no puede falta una constante referencia a Pedro Enrique.

En las primeras galeradas que están saliendo de imprenta, las referencias a Pedro Enrique son constantes, demostrando que el buen gestor siempre consigue buenos resultados empresariales. No basta con ser un experto teórico en formación de contratos, o en obtención de alianzas, si luego, en la práctica, esa formación no se traduce en unos buenos números en la cuenta de resultados de la empresa.

Esos éxitos de Pedro Enrique, llevados a término importando de la legislación de otros países los llamados EPC cuando nadie en España los conocía, son los que le han granjeado que en la obra sobre los CEOs más importantes, su nombra aparezca bien resaltado, y su impronta sea reconocida inmediatamente, como la firma de un grafitero o el adn que el ladrón deja sin querer en el lugar del robo.

Los contratos EPC son conocidos, desde entonces, como “contratos llave en mano”. Sus siglas vienen de Engineering, Procurement and Construction (Ingeniería, Compras y Construcción). La habilidad de Pedro Enrique para captar socios y clientes para su empresa, y obtener así los mejores resultados, le permitían tener redactados contratos EPC con anterioridad a que se incorporaran a los mismos esos nuevos clientes, de manera que partían del hecho de que su empresa era la que ofrecía, en cualquier tipo de infraestructura la opción más factible, incluso porque podía contar con trámites necesarios y normalmente enrevesados, como las declaraciones de impacto ambiental, las licencias de obra, e, incluso, las licencias de actividad concedidas por el Ayuntamiento de que se tratara.

En realidad, la obra, documentada, y que cuenta incluso con reportajes fotográficos, otorga el papel de casi visionario a Pedro Enrique, que puede así mostrar sus conocimientos y poner en valor sus capacidades de gestión. Es de esperar que cuando las galeradas que ahora manejamos pasen el filtro de los consejos directivos de las editoriales, se convierta en una obra al mismo tiempo de culto y de atracción popular, por cuanto la participación en su redacción de personas no duchas en lenguaje forense (lenguaje forense es cualquier lenguaje propio de cada profesión), pero que saben muy bien escudriñar entre los múltiples documentos, ya sean contratos, cartas, correos electrónicos, proyectos de obra, contratos de servicios, etc., y que los recogen con términos accesibles a cualquier ciudadano.

Por lo que dicen en la imprenta, si las galeradas iniciales pasan un filtro primero, en los próximos meses, es posible que antes de final de año esté la obra en el mercado, y entonces será el momento en el que Pedro Enrique y otros colegas suyos puedan dar a conocer sus obras y sus trayectorias profesionales.

Vale.

… continuará…

Pongamos que hablamos de Pedro Enrique y su mochila.

Como seguramente, amable lector, seas un curioso y detallista viandante, cuando paseas, recordarás aquellos tiempos en que, por el bulevar central de la ciudad, flanqueado por sucursales bancarias, edificios públicos, cines (alguno habría), oficinas de recaudación, pasaban los ejecutivos de las empresas más significadas de la ciudad. Quien dice ejecutivos, dice administrativos, jefes de alguna sección de la administración… con sus maletines color cuero, gruesos como un ladrillo de 7, en los que guardaban nada más que las facturas a repartir entre las empresas deudoras, y para recoger la documentación del apartado de correos y de las cajas de las entidades bancarias.

Eran, los ejecutivos, un grupo muy definido, que se movía con trajes grises, claros, y se diferenciaban de otro grupo que, sin portar maletines, también iban trajeados, pero un pañuelo en el bolsillo exterior de la chaqueta, y andar despacio, contemplativo.

Aquellos ejecutivos no llevaban en sus maletines ningún mal recuerdo de sus tareas, y, en muchos casos, el maletín era un capricho que se había dado, a su costa, para no desentonar de otros iguales.

Sucedía, a veces, que pasaba por el bulevar aquel conspicuo ejecutivo cuyo maletín estaba acabado en piel de cocodrilo (una vulgar imitación, porque para una pequeña ciudad ya servía), un poco más grueso que el del común de los habituales, como de un ladrillo de 8 de anchura. ¡Eso era un ejecutivo! al que todos miraban con deleite y, como acto reflejo, miraban sus corrientes maletines…

Ahora, hace ya un tiempo, los ejecutivo no llevan maletín. No lleva facturas para deudores, ni ningún folleto para inversión. Ahora, el ejecutivo, como Pedro Enrique, lleva una mochila.

La preferida de Pedro Enrique (tiene varias) es la modelo military de Loewe, un modelo espacioso y versátil, que incluye un compartimento principal y una sección adicional bajo la solapa plegable, que se asegura con un cierre magnético y hebillas adicionales. Sus correas acolchadas son ajustables gracias a unos deslizadores de metal. Ideal para llevarla a la espalda, al hombro o en la mano, con amplio bolsillo interior para ordenador portátil, forro de lona de algodón con estampado de espiga y el anagrama de la marca en relieve. Un pequeño capricho de casi 2.000 euros que Pedro Enrique se dio para celebrar su último nombramiento como CEO.

La mochila es ese accesorio donde cada uno, en su caminar, en su desplazarse por la vida, va guardando sus éxitos y sus fracasos. Un triunfador como Pedro Enrique guarda solamente sus éxitos, unos éxitos que le han llevado de ser el CEO de grandes empresas nacionales del sector de la construcción y obras públicas, las mismas que han recibido una cuantiosa multa de la Comisión Nacional del Mercado de la Competencia, y que los medios se han apresurado a resalta, porque cuanto mayor es la multa, más importantes son las empresas propietarias de esos medios.

Cada CEO, en su mochila guarda un pendrive de diseño, un smartphone, o, los más caprichosos, un iPhone de última generación. Son estos los que llevan un ligero y finísimo Mac, luminoso para epatar. No todos los CEOs son como Pedro Enrique y llevan un portátil corriente, aunque de diseño elegante. La tecnología del Mac no es accesible a todos, ni siquiera a todos los CEOs.

Pedro Enrique, nuestro CEO, hace ostentación de sus capacidades que ha desarrollado en grandes corporaciones, desde las cuales he podido crear y hacer crecer empresas, diversificar sus servicios, reestructurar, abrir y consolidad mercados en las siguientes regiones: LATAM, NA, APAC y EMEA.

Como pequeño detalle, su perfil en linkedin buscando trabajo señala una preferencia por Madrid y sus alrededores, con lo que ya sabemos que Cáceres está en esos alrededores.

Quizás la mochila de Pedro Enrique, nuestro CEO haya olvidado algún hito destacable en su dilatada carrera como ejecutivo, pero eso es perdonable cuando nos ha colocado tan cerca, tan cerca de Madrid, en sus alrededores.

Vale.

… continuará…

Pongamos que hablamos de Pedro Enrique y sus amigos.

Que ahora en Cáceres tengamos un CEO, uno solo, ya pronto comenzarán a surgir otros, de empresas que conocemos de toda la vida, no quiere decir que Pedro Enrique, dondequiera que haya estado, dondequiera que alcanzara su status actual haya estado solo. Porque lo bueno que tienen los CEO es que abundan y juegan en comunidad.

Un CEO, cuando realmente adquiere su impronta, su medalla de pertenencia al selectísimo grupo de su especie, es cuando se mueve en comunidad, cuando se pavonea por los paseos más céntricos, por las mejores avenidas, se sienta en las terrazas más exclusivas. Y cuando, sobre todo, almuerza con otros de su clase.

Al CEO, y nuestro Pedro Enrique lo es, lo que realmente le motiva es almorzar distendidamente con otros de los suyos, o con elementos que bien pudieran asimilarse. No le importa ni que lo vean cenando o almorzando con tal o cual presidente de empresa, o tal o cual profesional liberal de cualquier despacho notorio de la ciudad. Es más, le motiva que lo identifiquen, porque así está marcando su territorio.

Tampoco le importa que con quien se pasee por lo más céntrico de la ciudad, o con quien se tome un café o una infusión, normalmente un té indio a ser posible, sea el Chief Executive Officer de la empresa mayor competidora que la suya.

Entre ellos no van a hacerse daño, y cuando toque, si toca, confrontar acciones futuras, no lo harán ellos, lo harán los números que sus respectivos staffs hayan preparado para hacerse con un negocio boyante en dificultades o un emergente proyecto que habrá que vender con luces de neón.

Por eso, no es extraño que Pedro Enrique tenga tantos amigos, tantos conocidos, que incluso, las alineaciones de los partidos amistosos de fútbol 7 que juegan trasciendan e incluso sean presenciados por un público heterogéneo y algunos conozcan a los jugadores: Alejo, Benito, Casimiro, Pedro Enrique, Calixto, Juan Enrique, Abel y otros.

Normalmente juegan con camisetas de distintas temporadas del Real Madrid, ya que muchos de ellos son seguidores, muy seguidores del equipo del Santiago Bernabéu. Y también ocurre que no juegan siempre los mismos en cada equipo, sino que van variando y para ello no tienen que hacer sino cambiarse las camisetas. En unas pone Teka, en otras Fly Emirates, e incluso hay un para de los amigos de Pedro Enrique que las llevan con el nombre de Parmalat en el pecho.

Es probable que el tiempo que hace que Pedro Enrique no juega esos partidos, que no se reúne con los que formaban equipos, le tenga un poco, sólo un poco cariacontecido. Pero para un CEO como él, eso son pequeños vacíos que está sin duda superando con amplias sonrisas.

Lo mismo se reúne con un grupo de empresarios a los que al tiempo que les reclama su ayuda (no hay ninguna publicidad mejor que la de un todopoderoso Chief Executive Officer solicitando ayuda de pequeños empresarios) y les hace sentirse muy importantes, y plasma su firma junto a la del representante de eso empresarios de los que alguno ya se está planteando ascender en la escala social, y dejarán de ser gerentes para ser consejeros delegados y de ahí a alcanzar la cima: ser un CEO.

Lástima que muchos partidos en los que intervienen muchos CEOs terminen como el rosario de la aurora. Pero eso ya será otro día.

Vale

… continuará…

Pongamos que hablamos de Pedro Enrique, de profesión CEO.

Los rutilantes destellos con los que nuestro luminoso CEO alumbra nuestros caminos y veredas, en la penumbra del oscuro peregrinar para intentar alcanzar una salida de nuestra proverbial oscuridad, de vez en cuando conseguimos, al giro de un camino tras una encina, ver una sala brillante, amplia, magníficamente iluminada, con una mesa de 15 metros de longitud, al fondo de la cual, delante de un cuadro al óleo del prócer de todos los próceres, S.A.R. Tribilín Cascotes.

Nuestro CEO, al que llamaremos Pedro Enrique, nos guía hasta el cuadro, para que observemos de cerca al prócer y le rindamos pleitesía y sumisión. Pedro Enrique se muestra solícito, al tiempo que, sobre la mesa de 15 metros, y como al descuido, se encuentra una carpeta, con solapa transparente, en la que puede leerse: Pedro Enrique, CEO.

La carpeta, de solapa transparente, en plástico fuerte, tenía los bordes dorados, y en el lomo, de color verde carruaje, con letras grabadas, la inscripción “biografía”, en un tono dorado, como viejo. Ya sabemos, porque él nos lo había dicho, que llegar a CEO no era fácil, que había que pasar una fuerte carrera universitaria, a ser posible una ingeniería, con varios másteres de esos que hace unos años solamente se impartían para quienes ya tenían pie y medio en el peldaño que arranca la escalera que lleva al máximo, al CEO.

La carpeta está dispuesta en la mesa como al descuido, como si esperara ser abierta. En ese momento, Pedro Enrique, nuestro CEO, recibe un mensaje en su smartphone de la manzana mordida, de un brillante color plateado, muy elegante. Nos dice que tiene que salir un momento, que volverá en unos minutos.

Todo parece ser una treta para dejarnos en la sala, bajo la mirada del prócer D. Tribilín Cascotes, y que podamos echar una mirada somera a su biografía. Así lo hacemos y quedamos maravillados y cegados al mismo tiempo por la brillantez de sus títulos, la sobriedad de sus cargos y la abultada nómina de sus sucesivos pasos en su carrera hacia la cumbre.

Títulos académicos, nombramientos de empresas, artículos de periódicos, casi todos sobre papel salmón, que hace buen juego sobre el verde carruaje de la carpeta. Y portadas de revista en las que siempre aparece Pedro Enrique posando de medio perfil, con los brazos cruzados, corbata azul con discretos motivos dorados, y traje también azul o gris de tonos suaves, elegante y dando sensación de seguridad, de hombre triunfador.

¡Qué suerte que tengamos en nuestra pequeña capital de provincia a un triunfador como Pedro Enrique!

A su vuelta a la sala se disculpa por la interrupción (“cosas del cargo”) para hacernos creer que nuestra visita es importante, pero olvidando que ha sido él quien nos ha invitado, sin duda para que conozcamos su importante puesto (o puestos) que ocupa, para que sepamos que siempre estará del lado de los habitantes de esta ciudad, y que su entrega a la mejora de la misma será permanente.

Pedro Enrique, en su afán por caer simpático a sus nuevos vecinos, y aparecer como un hombre abierto y cercano, nos explica, muy por encima, cuáles son los trabajos de un alto ejecutivo, un alto ejecutivo que ha subido por una escalera de competencia, de codazos, de algún empujón que otro. En ningún caso quiere dar una sensación de tiburón de los negocios, sino al contrario, un ejecutivo con una buena carrera detrás que quiere ser un buen vecino y que su empresa ayude a unos ciudadanos algo provincianos, sin que se note su superioridad empresarial.

Vale.

continuará…