Archivos para penitente

Domingo, 17 h. Cáceres. Plaza Marrón. Dos camareros de un restaurante cercano, de la zona de la Plaza de San Juan llevan unas bolsas de basuras y botellas para arrojar a los contenedores.

Terminan su tarea y uno de ellos enciende un cigarrillo. Yo llegaba en ese momento a pasar junto a los contenedores. Me paré. Observé el paisaje y me dispuse a tomar una fotografía con el móvil. Los dos camareros también se habían fijado en lo mismo que yo iba a atrapar con el objetivo del smartphone.

La cruz, arrumbada contra un contenedor de basura sin duda podría contar una historia. O un cuento. Una historia de alguien que ha perdido la fe, de alguien que ha muerto y sus herederos quieren tirar todo lo viejo de la casa para venderla. O un actor cansado de interpretar siempre el mismo papel de cansado penitente descalzo.

Los camareros, luego de encender el cigarrillo y un leve comentario de “alguien la ha dejado ahí”, se marcharon a su trabajo. Yo seguí mi camino con dos fotografías y con el ánimo de subirlas a twitter por si a alguien se le ocurría qué historia podría contar.

Cáceres es una ciudad de sotanas y cirios, de cruz y penitencia, de vecinos clasificados de toda la vida y los otros. ¿Qué sería el vecino que puso la cruz en la basura? ¿Sería un catovi, un penitente descreído? ¿Qué contarían, si lo hicieron, los camareros al volver al restaurante?

Pasada hora y media, caminé de nuevo, de regreso a casa, tras estar jugando y riendo con mi nieta, y volví a ver la cruz. Ya había luces casi de noche, o pronto en la noche, que diría un personaje de Tres tristes tigres. La cruz ya no estaba arrumbada contra un contenedor.

Probablemente alguien, al pasar, habría sentido el deber de colocarla enhiesta, o, simplemente, la había apartado para poder utilizar el contenedor de restos orgánicos y la había puesto sobre el contenedor de papel y cartón. ¿Para reciclar?

No sé si pudo ser retirada por alguien compadecido de la soledad del símbolo junto a los símbolos de la sobreabundancia que son muchas veces los contenedores de basuras.

Pero cuando volví a pasar la cruz estaba en pie, igual de desnuda que cuando la vi tirada, en una caída simbólica sin ningún nazareno que la sostuviera.

Y si nadie la retiró, ¿qué pensarían los trabajadores del servicio de recogida? ¿Lo mismo que los camareros, “alguien la habrá dejado ahí” con un leve encogimiento de hombros? ¿En qué camión la verterían, en el de residuos orgánicos o esperaron a la recogida de los contenedores azules? ¿La echarían entera al camión o la desmembraría para que ocupara menos? Dilemas teológicos que dejo para otros.

Pero en una ciudad vieja, tradicional, de sotanas y novenas, una cruz en la basura es todo un símbolo.

Vale.