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Cuando ya ha pasado una semana de la concentración, el 18 de noviembre, de extremeños en Madrid, y cuando de nuevo el maltrato de Renfe/Adif/Ministerio vuelven a ser noticia, se hace más patente que el comodín del público se ha agotado.

En el diario regional HOY de hoy mismo se incluye un reportaje con las opiniones de varios de los firmantes del Pacto por el Ferrocarril, y una premisa: todo el futuro se fía a los Presupuestos Generales del Estado. Como si eso fuera una novedad.

Leyendo el reportaje, da la sensación de que no habría hecho falta, siquiera, de que el periodista hubiera contactado con los representantes de UGT, CCOO, PSOE, PP… para saber cuáles serían sus posiciones. Son de un estándar que echan para atrás.

¿Cómo fiar todo a lo que el gobierno central incluya, voluntariosamente, en unos PGE que de momento ni están ni se esperan porque el PP de Mariano Rajoy es incapaz de negociar, de dialogar y su adn solamente tiene el cromosoma de la imposición?

 

En el reportaje del diario HOY (http://www.hoy.es/extremadura/despues-20171124192935-nt.html) la posición más clara, más hipócrita y más falsa es la de García del Moral, del PP y ex miembro del “gobierno de los mejores” del muyayo Monago. Afirma que “lo que nos llega de Madrid” es que en los PGE habrá dinero para el tren a Extremadura. No, eso, a día de hoy, es una falsedad de sal gruesa. Lo que les dicen de Madrid es que hagan el paripé, que en los PGE pondrán lo que les parezca (el papel lo aguanta todo) pero que ya verán si de verdad invierten lo que es necesario. Y, además, el señor García del Moral usa el chantaje al PSOE para que se aprueben los PGE. Comportamiento mafioso de la escuela de Génova.

Para reivindicar el tren en Extremadura no será necesario cortar el tráfico ferroviario, porque ya se corta solo. Para reivindicar el tren en Extremadura no será necesario recurrir al comodín del público: será necesario que sea “el público”, que seamos los ciudadanos los que tomemos la iniciativa.

Me gustaría conocer los datos de cuántas reclamaciones se presentan diariamente en las ventanillas de Renfe, en su página web, por usuarios del tren en Extremadura. Y, también, cuántas son atendidas, cuántas son resueltas a satisfacción de los usuarios. Porque nos podemos llevar la sorpresa de que no todos, ni siquiera un porcentaje significativo de los viajeros afectados presentan reclamaciones.

También me gustaría que la Administración regional, en el ejercicio de sus competencias, inspeccionara la calidad de los servicios que presta Renfe. Porque la Junta de Extremadura tiene competencias en materia de usuarios y consumidores. Y que esas inspecciones derivaran en sanciones. No es lo mismo que una manifestación corte una estación y paralice (aún más) el tráfico ferroviario que si un tren es inmovilizado por incumplimientos de Renfe en materia de usuarios y consumidores. La acumulación de sanciones leves, menos graves y graves pueden dar lugar a ilícitos penales.

También me gustaría que la Junta de Extremadura, competente en aplicación de las normas de accesibilidad y en la protección a la discapacidad inspeccionara los trenes. Y si no cumplen las normas, inmovilizarlos. Y si Renfe insiste en incumplimientos en estas normas, aplicar el artículo 510 del Código Penal.

La concentración del 18N no ha servido más que para unas portadas, algún reportaje de tv y nada más. No ha servido para conseguir ningún compromiso ni, dada la indolencia proverbial “del pueblo extremeño”, una concienciación real que movilice a los ciudadanos.

Confiar en que el gobierno del PP dé un trato digno a Extremadura en los PGE y que luego quisiera cumplirlos, es ser demasiado ingenuos. Y los extremeños seguimos siéndolo. Del gobierno central poco se puede esperar, y de un partido como el PP, que siempre nos ha despreciado, menos aún.

El tren digno que nos merecemos (¿y si no nos lo mereciéramos?) solamente llegará cuando nos levantemos, nos pongamos en pie y exijamos.

Vale.

 

Hace años se cerró la línea Plasencia-Astorga, con leves protestas. O lo que es lo mismo, con la renuncia de los extremeños a ejercer derechos, a ejercer la ciudadanía. Resignación y a otra cosa. O la desaparición de las vías extremeñas del Lusitania, en beneficio de su paso por la provincia de Salamanca. Más resignación.

Desde que comenzó la actual legislatura, las inversiones o no inversiones del AVE desde Madrid a Badajoz son una muestra permanente del debate político. Y en la calle (en los bares, vamos) la orientación es la de resignarnos (“siempre lo mismo, gobierne quien gobierne”) y la de decir que nunca tendremos un tren decente en el que ir a Madrid. Y mientras esto sea así, quienes toman las decisiones o se oponen a ellas, tan contentos.

Hoy, 22 de octubre, la Asamblea de Extremadura ha aprobado una moción para reclamar al gobierno central una mejora del ferrocarril (en general) y unas medidas concretas sobre AVE, electrificación de vías, enlace de Brazatortas… todo, orientado a la relación con Madrid. Un síndrome de dependencia del Estado centralista que demuestra poca visión, a mi juicio.

En primer lugar, desde el poder político debería hacerse pedagogía y establecer en la dialéctica política que la necesidad de que Extremadura cuente con un tren de alta velocidad pero no porque por población (somos un escaso millón de habitantes, muy dispersos) pudiéramos darle un uso masivo, sino para conseguir atraer viajeros, turistas, y, con buenas políticas, negocios. Extremadura necesita recibir visitas, turistas. Esa es la auténtica razón por la que se necesita una buena conexión con Madrid y no para ir a comprar lotería a Doña Manolita.

Sin embargo, en la información publicada sobre la moción aprobada hoy por la Asamblea de Extremadura, vuelve a aparecer el fantasma de la línea Plasencia-Astorga porque no parece que existan trenes hacia el Sur… por ahora. Al paso que vamos, ni eso. Ni trenes a Huelva (el puerto de mar más próximo, salida de mercancías a una distancia más o menos igual que Lisboa) con los que dar salida a productos de la región. Y tampoco parece que nadie recuerde que hay, de momento, conexión (mala con ganas, pero conexión) con Sevilla.

Y sobre la necesidad de que la conexión con el Sur se mantenga, se aumente, y, sobre todo se mejore, no parece que la Asamblea se haya pronunciado. Quizás porque la geografía no sea el fuerte de sus señorías. Mantener la conexión, mejorarla sustancialmente, con Sevilla, tiene razones económicas de primer nivel. No hay que olvidar que la capital andaluza está a menor distancia de Mérida, Badajoz o Cáceres que Madrid. Y que la capital andaluza tiene una población de 700.000 habitantes (dos tercios de la total de nuestra región), y que su área metropolitana tiene 1.540.000 habitantes.

Por meras razones de economía, las relaciones entre Extremadura y Sevilla debieran ser un objetivo político, pero la dependencia “de Madrid” parece más un síndrome que una opción reflexiva.

Está claro que Madrid es el eje de la economía nacional y eje de la política nacional, pero fiar todo a una dependencia cuasi enfermiza, no dice mucho de una región que está condenada a la resignación cuando no es capaz, siquiera de mira hacia otro sitio que no sea la ubre del Estado.

Que la conexión ferroviaria entre Extremadura y Sevilla (cuya área metropolitana es 1,5 veces mayor en población que toda la región) sea tercermundista y que quienes tienen el mandato político de sacar a esta tierra de la cola económica y del ostracismo lo fíen todo a una carta es asumir la derrota de salida.

Volveremos a conocer la misma situación de la vía Plasencia-Astorga y nos quedaremos con una vía de mala calidad que llegue, como mucho, a Zafra. Y de ahí hacia el Sur, nada, porque nada hacen quienes tienen la obligación de actuar con contundencia. Claro, que esos mismos no utilizan esos trenes porque saben, ya, que ir de Badajoz a Madrid son más de 6 horas, o de Sevilla a Cáceres un mínimo de 5 horas, eso si hay suerte.

Vale.

Publica la prensa local de Cáceres hoy una información que, si no fuera cierta, parecería que se trata de una puñalada. Puñalada trapera. Y siendo, como parece, información cierta, sí, sí es una puñalada trapaera.

Se trata de la recurrente ubicación de la estación de ferrocarril de Cáceres, en otro tiempo, futura estación del AVE y ahora, parece, apeadero de un deshecho diesel que no quiere nadie. Y todo ello con la connivencia, la complicidad, el consentimiento del baladrón Monago. Y sus lacayos. Y lacayas.

Ante todo, debemos partir de algo que normalmente no se tiene en cuenta: Cáceres no puede tener AVE ni velocidad alta por ferrocarril… porque somos pocos. O lo que es lo mismo, solamente a un muy escaso número de cacereños les puede interesar la alta velocidad ferroviaria. Porque la población es la que es y la capacidad adquisitiva, también.

Pero Cáceres necesita la alta velocidad ferroviaria, ese medio de transporte que cuando se proyectó y ejecutó a Sevilla la derecha reaccionaria descalificó, torpedeó y criticó con todas sus fuerzas. Hoy, conversos de la alta velocidad, se esfuerzan en llevarla a donde les interesa, a ellos y a las grandes empresas que, sedientas, esperan la privatización, cuando estén terminadas las líneas y se las puedan quedar por cuatro céntimos.

Cáceres necesita que la alta velocidad llegue a la ciudad para que su atractivo turístico, indudable pero abandonado por el Partido Popular, se convierta en fin de trayecto para miles de visitantes. Y por ello, la ubicación de la estación es muy importante.

En el caso más desfavorable, la estación del AVE de Cáceres se planteó en la CN 521, antes de llegar a la Autovía de la Plata, en terrenos de doña Tatiana. Y con ser desfavorable, no lo sería tanto como la estación de Segovia, a la que se llega y desde ella no se ve nada. Sólo páramos castellanos. O no lo sería tanto como la de Guadalajara, ubicada en unos terrenos, qué casualidad, de la familia de Esperanza Aguirre. Para llegar a la ciudad hay que atravesar campos lejanos y verdes praderas. Y luego está Guadalajara. O la estación de Tarragona, que queda lejos, lejos, lejos.

Otra ubicación sería en la curva de Cabeza Rubia, al otro lado de la variante de la CN 630, a espaldas de los Centros Comerciales Carrefour y Ruta de la Plata. Fácilmente accesible, aunque distanciada para el peatón, el desembarco de los viajeros sería “en la misma ciudad”. Adif no quiere saber nada de esto.

La tercera solución que se planteó a lo largo del tiempo era mantener la ubicación actual, pero integrando el ferrocarril en la ciudad, esto es, soterrando las vías de entrada desde Madrid y salida hacia Mérida-Badajoz, para que Aldea Moret se convirtiera, por fin, en una parte de la ciudad de Cáceres.

Hoy, en la prensa local, leemos que a Adif (al Partido Popular, vamos) Aldea Moret se la suda. Ni integración del ferrocarril ni leches. Si los vecinos de Aldea Moret sólo pueden salir por el puente actual, que sigan saliendo por ahí, o que den la vuelta hasta salir a la carretera de Badajoz, por donde el quinto coño a la derecha.

En las últimas elecciones locales y autonómicas el Partido Popular también ganó en Aldea Moret. Hoy sabemos que, en venganza, condena a sus vecinos a permanecer, para siempre aislados, segregados. O, lo que es lo mismo, al Partido Popular, la cuenta de gastos para pagar los votos de los vecinos de Aldea Moret le sale a devolver.

En los próximos días asistiremos al recital de lugares comunes, de frases huecas, de la alcasenadora Nevado desmintiendo a los técnicos de Adif y diciendo que desde su trabajo en el Senado hace una gestión soterrada para beneficio de la ciudad.

¿Soterrada? Así tendría que ir toda la línea de ferrocarril, desde Macondo hasta casi el Cerro de los Romanos. Pero para gestionar ese soterramiento hace falta algo más que unas palabras huecas de la alcasenadora Elena Nevado o unas baladronadas de Jose Antonio Monago.

Lo que sí está claro es que los vecinos de Aldea Moret sólo tienen dos opciones: o seguir aguantando al partido que han votado y que ahora les devuelve el favor, o pedir la autodeterminación.

Vale.

Supongo que alguien se acordará lo bien que manejaba el franquismo la táctica de desviar la atención sacando a relucir cuando lo necesitaba el tema de Gibraltar, o lo bien que utiliza la dictadura marroquí Ceuta y Melilla cuando les vienen mal dadas en el interior.

En estos días, venimos asistiendo a una presunta batalla política sobre el déficit asimétrico o sobre aquello que José Antonio Monago, el capataz que la derecha tiene en la finca extremeña, quiere hacer valer sacando pecho con una reducción del déficit que ha conseguido no gastando en lo necesario (sanidad, educación) y poniendo la mano para recoger la cosecha que habían sembrado otros (el impuesto bancario) para reclamar no trato de favor si no que se castigue y mucho a Catalunya.

Porque Catalunya es el gran enemigo de Monago, que no de Extremadura, y lo enarbola como una bandera en la que se envuelve para hacer propaganda. Catalunya es para Monago lo mismo que Gibraltar para Franco.

Porque la realidad es que el Presidente de la Junta de Extremadura tiene un propagandista a sueldo para su uso personal, a sueldo que le pagamos los extremeños a los que pretende engañarnos. Porque mientras se dedica a soltar improperios haciéndose el machote, jaleado por la caverna mediática madrileña y las gacetillas locales, contra Catalunya, calla, cobarde, cuando sus correligionarios en el gobierno de la nación asesinan el ferrocarril en esta tierra, calla cuando paralizan, para siempre, los proyectos del AVE, calla cuando sus conmilitones ordenan el cierre del Cefot 1.

Lo de Monago con la nación catalana es pura distracción, propaganda que recuerda y mucho al Gibraltar franquista, porque seguramente su afán de salir en los “periódicos de Madrid” le esté distrayendo de algo que cada vez se nota más: este ex bombero está demostrando el comportamiento de los cobardes. Ese comportamiento que le hace aparecer fuerte con los débiles y débile con los fuertes.

Hoy se ha conocido la pretensión del Ministerio de Fomento de recortar más el ferrocarril. Pero Monago no dirá nada, o dirá lo que su propagandista de cabecera le diga, un eslógan que le deje bien ante sus superiores y deje, una vez más, a Extremadura y a los extremeños en la vergüenza de que se semejante personaje consiga portadas en La Razón o La Gaceta.

Vale.