Alrededor de la cruz, brazo en alto, cara al sol, y así desde hace 80 años.
La lectura combinada de las actas municipales con lo que se escribía especialmente en el Extremadura, periódico de acción católica, nos va dibujando un paisaje (y sobre todo, un paisanaje) que lleva desde los asesinatos de las navidades de 1937 a comienzos de mayo de 1938.
Así, en las actas municipales, tras una breve referencia a los fusilados, como dando cuenta de un trámite, los esfuerzos de los usurpadores de la alcaldía se centraron en convertirse en recaudadores de dineros de los vecinos, de los delatores, sirviendo así de coartada para justificar los asesinatos de las navidades de 1937.
La comisión gestora municipal la formaban cuatro gestores/concejales y un gestor/alcalde y fueron impuestos por los golpistas. Decían cómo y quieres tenían que constituir esas gestoras. En Cáceres, como en muchos sitios, fueron designados empresarios (las cámaras de comercio) y algunos tenían experiencia como concejales.
Es más que evidente que esos gestores eran de derechas, muy de derechas, aunque unos lo eran más que otros. Sabemos, por tradición oral familiar, que hasta los concejales de derechas, casi todos, tenían buena opinión y buena relación con el Alcalde Antonio Canales. No hay que olvidar que, aunque fue condenado a muerte en 1936, no fue hasta las navidades de 1937 que se ejecutó la sentencia.
El Alcalde Canales, a pesar de intereses en escarmentar a la ciudadanía con su fusilamiento, fue defendido hasta ante Franco por la Iglesia, por los empresarios, por “gentes de orden”, pero todo fue en vano.
Los gestores del ayuntamiento de Cáceres se dedicaron, como ya hemos señalado, a hacer que pareciera que había gobierno, que se hacían obras (sin dinero, porque no había ni un real) y poco más. Eso sí, cuando caía algún decreto, un telegrama, una orden de la superioridad se ponían en primer tiempo de saludo. Brazo en alto, por supuesto.
Los gestores iban aprobando certificaciones de cómo se construía la cruz, y el alcalde encargado decidía (o decidieron por él, tampoco iba a ser tan “libre”) de cómo serían las letras.
Las letras de bronce de las placas de la calle de Pintores, cuando le pusieron el nombre del dictador, pervivieron, especialmente las situadas en la esquina de la plaza mayor, hasta que por fin se cambió su nombre por el que había tenido siempre, ordenándose a unos operarios municipales que desmontaran la placa que sujetaba las letras y un con cejal del Partido Popular estuviera a pie de la escalera a que los operarios la bajaran. Imaginadlo.
Pues bien, mientras el concejal esperaba, anhelante, a que se produjera el “descendimiento”, se sintió muy frustrado cuando los operarios, tan torpes ellos, perdieron la sujeción y se les cayó la placa al suelo. Hubo risas.
Por cierto, el concejal anhelante de placa de la culona, da nombre a un pabellón deportivo público.
Vale.



