En estos días se está hablando y escribiendo mucho sobre una «invasión» de coches chinos en España, sobre todo como plataforma de acceso al mercado europeo y sortear en parte los aranceles y restricciones que desde la Comisión Europea se colocan frente a los fabricantes chinos.
De hecho, se publican informaciones sobre cómo es esa invasión: aprovechan huecos dejados por algún fabricante, o instalaciones dejadas de utilizar hace poco. Incluso, coinversiones con fabricantes actuales. Nombres como Nissan, Santana, Figueruelas, Stellantis, Vigo, Valladolid… son los que sobrevuelan lo que parece inminente.
Por eso, en estos días recordamos la impactante información colocada por la prensa local y regional de fechas como la presente, pero del año pasado, cuando de la mano de un lobby representado por un abogado polaco y de un gobierno regional (los mejores, siempre son los mejores cuando «ellos» gobiernan) nos quisieron vender la «amoto» de un fabricante chino que buscaba por nuestras latitudes un sitio para asentar una fábrica de coches chinos. Incluso vendieron la moto de qué modelo sería, de que sería muy barato…
Aquella inversión de un país comunista en Extremadura no solo contaba con las bendiciones del gobierno regional, sino que el consejero más avezado en cuestiones tecnológicas, el consejero telefónico llegó a infiltrarse en el «our team» de la empresa china, posando ufano con directivos de la misma.
Ha pasado un año sin más noticias de aquellos maravillosos orientales que venían a motorizarnos. No se ha vuelto a saber nada de aquellos directivos chinos de la China comunista, ni de aquellos coches chinos pequeños, de aquellos cochinos, ni de motos ni tractores.
De aquellos chinos nunca más se supo.
Vale.



