¡Jesús, qué cruz! (2)

cercadelasretamas —  mayo 20, 2026 — Deja un comentario

Montaraces para largar en los periódicos y quejicas cuando les responden.

Desde finales de 1937 y comienzos de 1938, los miembros de la comisión gestora de Cáceres, que usurparon los cargos municipales de los concejales que habían sido elegidos por los ciudadanos en unas elecciones democráticas, continuaron tomando decisiones apoyadas en las armas que unos militares traidores blandían y disparaban contra hombres y mujeres indefensos.

Siguieron felicitando al criminal Rada, al que habían hecho hijo adoptivo cuyo mérito fue pasar por las armas a cientos de cacereños en las navidades de 1937.

Con la visita que ya se anunciaba para unos días después giraría la jefa de la falange, se celebraron en Cáceres unas jornadas de acción católica, que dejaron impresas en su periódico (el Extremadura, por aclarar) frases propias de mujeres que probablemente hubieran vivido en Maltravieso. Una de ellas, una tal María de Madariaga, dijo: “Tanta culpa tienen de que no acabe la guerra las mujeres que cruzan las piernas como los cobardes camuflados en la retaguardia”.

La comisión gestora cumplía su papel a plena satisfacción de los armados, despachando los asuntos de trámite, al mismo tiempo que decidían sobre la “pureza de sangre” de funcionarios y empleados municipales que reclamaban, tras meses en el purgatorio de represaliados o en el frente (nacional, por supuesto), volver a sus puestos de trabajo o, también, alguno que sabían que estaba “vacante”.

Esos mismos miembros de la gestora, serviles a los sublevados, eran los que ordenaban el pago de las certificaciones que pasaba el contratista de las obras de la cruz y los que decidieron que las letras de las proclamas para resaltar en la misma fueran de bronce, en lugar de grabarlas en la piedra, y los que ejercieron de cajeros de las aportaciones “voluntarias” bajo el lema de “nobleza obliga” con las que pagar las delaciones de unos vecinos contra otros.

La “vida” municipal transcurría tal y como deseaban los militares traidores a la Constitución.

A mediados de abril, con la construcción de la cruz casi finalizada, ya sabían quién se iba a encargar de su inauguración y preparaban los honores que habría de rendírsele, con un programa de actos que incluían funciones de teatro.

Extracto del acta de la comisión gestora del ayuntamiento de Cáceres de 4 de mayo de 1938.

Pero como en una reunión de mediados de marzo dijo el alcalde encargado, todavía faltaba un acto público con el que hacer escarnio de las familias de los fusilados y enterrados en la fosa común del cementerio: entregar a los delatores los cuantiosos premios a los que se habían hecho acreedores por sus servicios prestados.

El 31 de marzo, el periódico de acción católica, portavoz de los asesinos, publicaba una reseña de la entrega de recompensas a los delatores, eso sí, sin decir quiénes eran, no eran tan valientes, ni ellos, ni los miembros de la gestora que pagaron con dinero de todos los cacereños a unos cuantos que señalaron a los que luego fusilaron los valientes militares y guardias civiles.

Vale.

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