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La nueva normalidad que se vislumbra tras un aparente próximo final de la pandemia por conoravirus COVID-19 era esto, era volver a los fascistas tomando las calle montados en los vehículos de alta gama que pasean ostentóreamente (Gil dixit).

La nueva normalidad era que, ante un aparente final de la pandemia, los fascistas volverían a exhibir su bandera, sí, la suya, sujeta con palos con los que agredir a quienes creen, ingenuos, que es la bandera de todos.

La nueva normalidad era que, cuando intuyen que los servicios públicos les han salvado de la pandemia, volverían a reclamar sus recortes, sus diatribas contra la sanidad pública, con la educación pública.

La nueva normalidad era que, cuando visualizan el fin de la pandemia a la que ellos no se han enfrentado y han dejado que sea el pueblo quien lo haga por ellos, reclaman lo que siempre han creído: que el poder les pertenece por derecho natural, por designios divinos, como ponía en las monedas acuñadas por Paca la Culona, por la gracia de Dios.

La nueva normalidad, al final, es que quienes detentaron siempre el poder, ahora lo reclaman contra quienes lo ostenta democráticamente.

La nueva normalidad es volver a poner “en su sitio” derechos (los de ellos) y obligaciones (todas las nuestras) y colocar en medio, como barricadas, su bandera. Sí, la suya exclusivamente.

Vale.

La imagen que abre esta entrada me la remitió, muy al principio de la declaración del estado de alarma un militar. Una imagen en la que quienes luchan desde el principio contra el COVID-19 empujan la bandera para dejarla en lo más alto, para simbolizar el triunfo, si se quiere, en la batalla contra el virus.

Hace dos o tres día, los patriotas de hojalata, los que se llenan la boca de banderas y de España, han ordenado que en los sitios donde gobiernen se arríe la bandera y se ponga a media asta: están admitiendo su derrota.

Había hace años un dicho: “Quien se pasa la vida evitando que le atropelle un Mercedes, termina arrollado por un 600”. Pues aquí lo mismo: quien se pasa la vida llenándose la boca de banderas, tapando sus vergüenzas de corrupción con las banderas, ha terminado derrotado por un virus.

En medio de la lucha por aplanar la curva, por detener los contagios, por salvar vidas, el PP ha decidido renunciar.

Poner la bandera a media asta en medio de una batalla es, simplemente, asumir la derrota. Lo malo de todo esto, es que en esa derrota, los patriotas de la derecha están intentando lanzar algunos derrotes como los toros aculados en tablas.

Ojo a ellos.

Vale.