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Ahora que se celebra el XXXII Aniversario de la Constitución Española y que en algunos ámbitos va cogiendo fuerza la necesidad de una reforma, de una reactualización, además del debate sobre la forma de Estado, conviene recordar que en estos años se ha sucedido múltiples reformas al amparo de la Carta Magna, en todos los sectores sociales.
Muchas de esas reformas, sobre todo las circunscritas a los ámbitos sociales, económicos, culturales, etc. se vienen manifestando como la realidad de haber alcanzado muchas metas que la dictadura franquista taponó en la homologación con los países de nuestro entorno.
Hay ámbitos en los que las reformas no se han llevado a cabo, dado el poder fáctico (todavía, sí) que detentan (ver en el diccionario la diferencia entre ostentar y detentar) amplios sectores. Por ejemplo, la Iglesia Católica y la Justicia. La necesidad de una reforma en profundidad de las relaciones entre el Estado y la confesión religiosa de mayor implantación nominal en el territorio se hace cada día más evidente. Si la religión, que es una creencia íntima e individual, se coloca en el espacio propio de la Constitución, la mayor implantación nominal disminuiría. Ahora, la práctica de la religión católica es gratuita (las limosnas del cepillo, las donaciones y demás elementos similares no cubren, ni con mucho, la nómina que perciben los curas ni los obispos). En el momento en que la Iglesia Católica hubiera de sostenerse con las aportaciones de sus fieles, sin la más que generosa aportación del Estado, el número real de quienes practican la fe católica disminuiría.
En cuanto a la Justicia, es clarificador un comentario que realiza el embajador yanqui Aguirre en uno de sus famosos cables puestos al descubierto por http://www.wikileaks.org. Afirma el embajador, más o menos, que afortunadamente la Justicia es uno de los sectores que pervive sin reformas desde el franquismo. Por supuesto, el embajador Aguirre, nombrado para tal cargo por ser amigo y donante electoral a las campañas del culto presidente Arbusto, digo Bush, es republicano y, seguramente ahora, sea miembro activo del Tea Party.
Hay otros sectores, en cambio, en los que las reformas han sido profundas y han conseguido grandes avances en cuanto a la calidad de los servicios que se prestan y a la capacidad de su ejecución. Pero que en lo atávico, en lo profundo, siguen chirriando esos cambios y esas reformas. Me refiero al Ejército. Decía el general Faura, al abandonar el cargo de jefe del Estado Mayor del Ejército, que coincidió con la plena profesionalización de las FAS, que se había cambiado el modelo, pero que ahora quedaba lo más difícil, que costaría mucho, y es cambiar las mentalidades.
Muchos militares se aferran a las tradiciones (y cuando digo tradiciones, me refiero a las vinculaciones mucho más que formales, entre la milicia y la iglesia jerárquica) para combatir las decisiones que desde el Gobierno, a quien corresponde la dirección política de la Defensa, se adoptan. Así, tratar de separar los actos religiosos de los militares, o viceversa, supone, cada vez, un enfrentamiento, duro, jaleado especialmente por la extrema derecha que se sirve de medios cuyos propietarios son ultraconservadores, cuando no claramente fascistas. Es una muestra más de la dificultad de cambiar de mentalidad. El Estado español es, por definición constitucional, aconfesional (que es un concepto distinto de estado laico). Y, por tanto, el ejercicio público de la acción estatal, en todas sus vertientes, debería responder a esa aconfesionalidad.
No sucede en muchos cuarteles que se pueda diferenciar esa aconfesionalidad a la hora de realizar actos castrenses. Pero está más larvado aún ese atavismo religioso cuando el mando que ejercer en un recinto militar es activista religioso. En este caso, su activismo religioso preside, incluso, su agenda, de manera que cualquier actividad, por nimia que sea, que se desarrolle en el ámbito local donde está asentado el recinto, cuenta con su presencia destacada. Y muchas veces, en correspondencia con esa deferencia que iglesias, cofradías y similares tienen con el determinado mando, éste agasaja, en sede militar, y por tanto, en recinto de titularidad estatal, a los directivos de las cofradías, hermandades, etc.
Incluso, en los protocolos oficiales figuran los mayordomos y cofrades significados en lugares preeminentes, haciendo esfuerzos para lograr su asistencia, en tanto que la asistencia de autoridades civiles, políticas o administrativas, es menos considerada.
Vale.

La creciente vinculación política entre la jerarquía de la Iglesia Católica y la derecha española (en realidad, la extrema derecha), con un importante seguidismo de esta vinculación por parte de gran número de católicos, espoleados por los medios de comunicación afines, hace que en gran número de ocasiones, los comportamientos verbales de jerarcas eclesiásticos o dirigentes políticos estén más próximos a las respuestas defensivas de las sectas, en su concepto general, que a criterios de debate y contradicción de argumentos.

La religión, en su concepto general, responde entre otras muchas posibles causas, a la necesidad de los individuos de buscar respuestas a hechos o situaciones que les resultan incomprensibles y que en estos tiempos se producen con tanta rapidez que es mejor acudir a elementos no medibles en términos de análisis antes que racionalizarlos. En la práctica, gana cada vez más fuerza aquella definición de Jaume Perich: “fe es creer lo que no vimos”. Los dogmas, las verdades de la iglesia católica no solamente son elementos de fe para quienes los creen, sino que son excluyentes de cualquier otra posibilidad y su puesta en contradicción es visceralmente respondida.

Algo parecido viene sucediendo con muchas de las posiciones que defienden, con los mismos estigmas dogmáticos, muchos grupos ecologistas. En el baúl del cambio climático caben muchas posiciones que consideran irrenunciables e irrebatibles. Es evidente que la acción del individuo y de la propia sociedad son causa de los cambios que suponen, en su conjunto, una amenaza de futuro. El cambio climático es un hecho científicamente demostrado, pero ello no posibilita que en su nombre, los grupos ecologistas pretendan, a cualquier precio, imponer sus criterios.

Un ejemplo paradigmático de estos comportamientos sectarios y dogmáticos de los grupos ecologistas lo tenemos en su feroz (y costosa, económicamente) campaña en contra de la construcción de una refinería de petróleos en Extremadura. Para ellos, la refinería en Extremadura se ha convertido en el paradigma de su cruzada (en sentido material y en sentido espiritual). Sin embargo, olvidan, de modo interesado (¿qui prodest?), que en nombre de la lucha contra el cambio climático, los mayores costes sociales, políticos y demográficos no los pagaremos los países del denominado primer mundo, sino los países del tercer mundo. En nombre del cambio climático, provocado básicamente por esos países del primer mundo, se están imponiendo recortes que perjudican desarrollos futuros de quienes no han alcanzado ni siquiera a entrar en “vías de desarrollo”.

Es inaudito que mientras con dogmatismos sectarios se ataca el proyecto en Extremadura, esos mismos grupos ecologistas adopten posiciones solamente testimoniales ante la ampliación de la refinería de Petronor en Muskiz, Vizcaya, o de Cepsa en Huelva.

Del mismo modo que las actitudes dogmáticas y sectarias de la jerarquía de la iglesia católica y de los medios de comunicación que las jalean benefician políticamente (y buscan ese beneficio político en una sociedad de socorros mutuos con la derecha) a quienes son su correlato sociopolítico, las actitudes dogmáticas y sectarias de grupos ecologistas en contra del proyecto extremeño benefician a realidades ya existentes, sin considerar que el cambio climático, en su conjunto, es más atribuible a éstas que a los efectos que la puesta en marcha de la refinería extremeña pudiera generar.

Vale.